Una historia increible (y III)

Nota del autor: Con esta tercera y última entrega damos por concluida la historia rocambolesca y sin aparente sentido iniciada hace dos semanas donde personas reales se convierten en protagonistas de los entresijos de mi propia locura.

 

                                      Dedicado a Fernando Refoyo y Gonzalo Durán

 

Corrieron a través del bosque. Huyeron de la barbarie que se había desatado apenas una hora antes, cuando los simios levantaron las espadas para aniquilar a todos aquellos que habían escapado de sus jaulas.

 

El informático estaba mal  herido. Ahora Fernando Refoyo lo arrastraba entre los matorrales y descansaba cada pocos metros. Estaba agotado. Su corazón latía de una forma tan vertiginosa que le dolía  el pecho y las lágrimas seguían resbalando por sus mejillas, también doloridas. Había tenido suerte durante el transcurso de la batalla. Los simios fueron extremadamente salvajes, implacables. Las cabezas de los otros presos pronto volaron por el aire; las espadas atravesaron los cuerpos de los desdichados que parecían   trozos de mantequilla; las hachas de doble filo partieron los cráneos de los incautos como si fueran melones e incluso el informático había recibido varias heridas en las piernas, brazos y torso. Sin embargo, él, por alguna extraña razón, había salido indemne y se le había ocurrido huir entre las jaulas tirando de su amigo, que casi había perdido la conciencia a causa de las fuertes heridas.

 

Se escabulleron aprovechando el caos que se había desatado, dejando a su suerte al resto de compañeros cautivos y cruzaron una especie de fortaleza de metal que a Fernando le dio la impresión de que podía tratarse de una enorme nave espacial. Ahora tiraba del cuerpo del informático por el bosque y escuchaba en la lejanía los gruñidos de los simios que les perseguían. Si los alcanzaban, aquellas criaturas no dudarían en matarlos, como habían hecho con todos y cada uno de los presos, de manera  salvaje, cruel  y sanguinaria.

 

En alguna ocasión Fernando tuvo que detenerse a causa del cansancio. Se le pasó por la cabeza abandonar a su amigo, ya que el sentido común dictaba que era  la única forma de tener una posibilidad, pequeña y remota, de huir de la caza a la que estaba siendo sometido. Y sin embargo no lo hizo. Se quedó al lado del informático, tratando de escapar con él. Pese al empeño que le estaba dedicando a la tarea, nuestro amigo sabía que se trataba de  una misión imposible.

 

Quedó tendido en el suelo, cansado y sudoroso, sin apenas fuerzas para continuar. Tumbado de espaldas, con los ojos clavados en las ramas de los árboles, se preguntó cómo era posible que su vida hubiera cambiado tanto en tan poco tiempo. Un maldito accidente de coche. Un caserón misterioso. Mujeres hermosas que se convertían en temibles monstruos para mantener una feroz lucha contra guerreros con aspecto de gorilas. Esos mismos simios lo apresaron para usarlo bien como alimento, bien como mano de obra. Extraños seres de apariencia misteriosa con la cabeza parecida a una bombilla. Y había logrado escapar de todo eso. Se le pasó por la cabeza la posibilidad, extraña y a la vez inquietante, de que todo no fuese real pero la idea de que nada de aquello estuviera sucediendo realmente cayó estrepitosamente sobre el suelo cuando notó el dolor de sus huesos, la sequedad de su garganta que le picaba horrores y el miedo que atenazada todos y cada uno de sus pensamientos.

 

Mientras estaba inmerso en descubrir qué camino era el más adecuado para seguir (se horrorizó al descubrir que el informático había perdido la conciencia), Fernando escuchó ruidos en las cercanías. Las ramas se partían bajo el peso de un cuerpo. Se puso en alerta y divisó la silueta encorvada de uno de los simios, que caminaba lentamente, olisqueando el ambiente, como si hubiera detectado su olor. Llevaba una afilada espada en una de sus manos. En la otra, una cuerda. Nuestro amigo apretó los dientes y buscó por el suelo algo que le sirviera como arma hasta que encontró una rama partida lo suficientemente gruesa para utilizarla como garrote.

 

No permitió que el simio se acercara más. Quería contar con el factor sorpresa. Aferrando el palo tal cual bate de béisbol, Fernando se incorporó y se hizo visible en mitad del bosque, como un decidido guerrero dispuesto a perecer en la batalla. Lanzó un bramido estremecedor emulando a William Wallace y corrió directamente hacia el simio, con los ojos desencajados y una expresión de espanto cubriendo su rostro.  El simio quedó desconcertado ante la presencia del humano. No tuvo tiempo de reaccionar. Fernando machacó la cabeza del gorila hasta siete veces y los sesos del guerrero quedaron esparcidos por el suelo, como el vómito de una alimaña.  Satisfecho y jadeando igual que un animal, con varias gotas de sangre y trozos de cerebro sobre su cuerpo, se giró aún con la rama entre las manos, temblorosas pero fuertes  y descubrió que el informático había recobrado la conciencia y se encontraba de rodillas en el suelo, grabando la escena con el iPhone. Si las heridas, algunas de ellas graves y profundas, le dolían, no lo parecía pues su rostro solo mostraba una oscura e inquietante satisfacción.

 

-¡Tío, esto va a quedar genial! ¡Le pondré varios efectos y una buena banda sonora!

 

Fernando lo observó con cara de no comprender absolutamente nada y miró a su alrededor. Era extraño que solo hubiera un  simio por las inmediaciones. Prestó atención y no escuchó absolutamente nada que indicara la presencia de más cazadores. Miró la rama que aún sostenía en las manos  y no la soltó. Se dirigió hacia el informático con el ceño fruncido. Sabía que las heridas que tenía no podían permitirle estar ahí de pie, con la tranquilidad sujetándole el rostro y ensimismado en su puñetero móvil. Algo en todo aquello no encajaba y estaba un poco harto.

 

En realidad  Fernando estaba muy harto.

 

Caminó pensativo hasta llegar al punto donde se encontraba el informático. Descubrió asombrado que el trozo de espada que hasta ahora le había atravesado la pierna  yacía en el suelo, sin mancha alguna de sangre, completamente limpia, reluciente.  Cuando su amigo caminó hacia él muy  emocionado para enseñarle la grabación de su ataque contra  el simio, Fernando advirtió que no cojeaba de ninguna de las dos piernas  y si antes tenía dudas ahora sabía que nada  casaba.

 

Miró al informático con mucha atención. Aquellos ojos saltones; el rostro oculto tras la barba que creía había visto en algún momento de su pasado;  la forma efusiva de hablar;  sus expresiones corporales… todo aquello le resultaba infinitamente familiar pero no acababa de unir las piezas del puzzle. Entonces decidió mandar todo a la mierda.

 

Levantó la rama y la descargó con violencia sobre la cabeza del informático, que cayó al suelo y permaneció inmóvil, casi muerto. Cuando despertó se encontraba atado en un tronco. Fernando había usado la cuerda que llevaba el simio al que había matado. También había cogido la espada del gorila, que ahora blandía amenazante señalando agresivamente hacia el rostro impasible  del informático.

 

-Ahora me vas a explicar qué cojones está pasando aquí, tío…

 

-No sé de qué me estás hablando.-respondió el informático sin que su voz temblara en ningún momento.

 

-¡No me trates de estúpido porque no lo soy! ¿Vale?.-Fernando respiró hondo.-Aquí están pasando cosas muy raras y tú tienes que conocer toda la información y vas a empezar a hablar por mis santos  cojones.

 

No fue a causa  del tono agresivo en  la voz de Fernando ni siquiera por la expresión espantosa que barría su rostro, ni ante la posibilidad de que nuestro amigo hubiera perdido el juicio por completo, sino porque la punta de la espada se clavó en el pecho del informático y la sangre comenzó a derramarse lentamente, procedente de su interior. . Por esa razón, y no por otra, el informático  empezó a hablar.

 

 

 

 

La lluvia caía insistentemente sobre el cuerpo de nuestro amigo. La sangre que manchaba su cuerpo ya había desaparecido por completo pero en su rostro mantenía fija una expresión de horror sin precedentes. Las palabras del informático le habían dejado bastante impresionado… Si tenía razón, todo aquello era una maldita locura, algo ilógico, incomprensible, irreal, improbable y… sin embargo  estaba convencido de que, quizá,  fuera la única explicación.

 

Había dejado al informático atado en el árbol, con la esperanza de que los simios lo encontraran y acabaran con él aunque, recordando y entendiendo sus palabras, era muy probable que a estas alturas  se hallara en  otro lugar, lejos de cualquier  peligro y  ajeno a  una situación tan extraordinaria como aquella. 

 

Mientras Fernando caminaba por un bosque cada vez más espeso, tuvo la convicción de que su final se aproximaba de manera inexorable. Había seguido las indicaciones recitadas con aquella voz tranquila y varonil del informático y había soportado su sonrisa bobalicona. Se despidió de él con una patada en pleno rostro, rompiéndole la nariz  y varios dientes del golpe y estrellando su iPhone contra los árboles. El teléfono no tardó en partirse en mil pedazos. Mientras Fernando se alejaba no dejó de escuchar la risa del informático  y sus palabras resbalaban una y otra vez por las paredes de su cerebro: “No puedes hacer nada, tío, él es dueño del control”.

 

Exhausto, Fernando se vio obligado a arrodillarse en el suelo y beber un poco de agua de un pequeño riachuelo que cruzaba frente a sus pies.  Cuando se sació lo suficiente descubrió que el agua cristalina se convertía ante sus ojos en un líquido rojo que le recordó a la sangre. Sintió náuseas y vomitó. Las punzadas en el estómago resultaban terriblemente dolorosas. Y entonces lo vio. Y también lo escuchó. Casi al mismo tiempo.

 

Primero fue el humo. Después oyó el crepitar de un incendio cercano.  Se levantó y miró a su alrededor. Varias columnas de fuego se alzaban a pocos metros de distancia y las llamas, altas y diabólicas, cobraban apariencia humana. El fuego parecía estar repleto de  extrañas siluetas abrazadas por llamas eternas que prendían todo aquello que encontraban a su paso. Los fuertes árboles ardían y sus ramas se partían para precipitarse hacia el  suelo envueltas en llamas, que rápidamente inflamaban los arbustos cercanos y nuevas columnas de fuego y humo se alzaban, tal cual perverso demonio.

 

Tosió y trató de taparse la boca y la nariz. Pensó en el informático, en dar la vuelta y ayudarlo antes de que el incendio llegara hasta allí pero recordó que con toda probabilidad ya no estaría cautivo y contemplaría la escena junto a su hermano el escritor, tal vez incluso comiendo palomitas.

 

Y es que de eso se trataba. El parecido familiar que había encontrado desde el principio en el informático se reducía al recuerdo de un compañero de trabajo que había tenido hace años, una persona que había considerado su amigo y que solía escribir historias macabras de terror. Ni siquiera recordaba su nombre pero el informático le había confesado que se trataba de su hermano y le contó la petición que una mañana Fernando Refoyo le había suplicado al escritor. Quería ser protagonista de  una de sus historias, algo que le hacía mucha ilusión y  que le haría estar  orgulloso y feliz.

 

-Los novelistas tenemos un don.-le había dicho el escritor con semblante serio.-Nuestras historias no se quedan solamente en el papel.

 Damos vida a los personajes, a los monstruos, hacemos y deshacemos a voluntad y algunos de nosotros tenemos la opción de convertir todo esto en algo real. Si alguna vez te utilizara como  uno de mis personajes, algo que en realidad no te recomiendo, es posible que tu vida cambie por completo hasta un  punto en el  que la magia de mis letras supondría   un grave problema para ti.

 

Fernando había escuchado atentamente al informático, que había repetido exactamente aquellas mismas palabras  y recordó la extraña expresión en el rostro de su amigo el escritor cuando se lo dijo personalmente, mientras tomaban un café. Y también recordó la respuesta que él mismo, hacía tantísimo  tiempo, le había dado:

 

-No tío, a mi eso me da igual. Puedes usarme como quieras, te doy carta blanca.

 

Y ahora comprendía el grave error que había cometido. Todo aquello formaba parte de una historia escrita por una mente terriblemente enferma,  una mente que ostentaba  un poder sobrenatural, capaz de hacer mundos paralelos que pasaban desapercibidos para la mayoría de los mortales. Fernando, al igual que muchos otros lectores, había disfrutado como un niño  con los relatos terroríficos del escritor pero ahora…  ahora él era el protagonista de una de aquellas depravadas historias y  lo estaba pasando francamente mal. 

 

-Sólo tú puedes acabar con todo esto.-le había dicho el informático de manera enigmática.-Debes encontrar la cabaña donde escribe, sorprenderle y acabar con sus manuscritos. Entonces… todo volverá a la normalidad y tu vida te pertenecerá de nuevo.

 

Estaba tan ensimismado en sus pensamientos y recuerdos que apenas era consciente del peligro en el que se encontraba hasta que sintió de nuevo el calor del fuego que se había desatado a su alrededor. Las llamas que devoraban los matorrales parecían brazos largos y demoníacos que trataban de atraparlo mientras se escuchaban los gritos agónicos de los árboles envueltos en llamas. Decidió correr, en la única dirección donde el incendio aún no había llegado.

 

El fuego bramaba con berridos infernales, parecido a un niño poseído por mil demonios durante una sesión de exorcismo y el humo le alcanzó como un manto siniestro que le hizo perder por completo la orientación. Palideció y se sintió obligado a hincar sus rodillas en el suelo. Tosió y sintió un dolor terrible en el estómago. Se le estaban quemando las entrañas o al menos ésa era la sensación que estaba teniendo. Gateó por el suelo tratando de escapar de las llamas pero notaba su calor tan cerca y escuchaba el chasquido de las ramas al ser mordidas por el fuego que decidió doblegarse  y quedó tendido en el suelo, totalmente dispuesto a rendirse.

 

Fernando no llegó a descubrir si finalmente había perdido la conciencia por completo y si lo que venía a continuación era una fantasía de su mente antes de ser devorado por el fuego. Escuchó  pasos, claramente. En un primer momento pensó que podía tratarse de uno de los simios que le había dado alcance para conducirlo de nuevo  al interior de aquellas apestosas jaulas de las que había escapado. Entre el humo distinguió una figura deforme, casi de aspecto monstruoso, con una gran cabeza. Creyó que podría tratarse del ser de ojos almendrados que acompañara a los simios y que le observara con interés desde detrás de los barrotes y sintió pavor. Después rechazó tan inquietante idea porque este ser tenía un cuerpo mucho más grueso y jadeaba profundamente, como si le costara respirar. La silueta oscura se detuvo a pocos centímetros  y pareció contemplarlo durante algunos segundos, después se inclinó sobre él  La deforme cabeza estaba tan próxima que pensó que una boca enorme se abriría y lo engulliría por completo. Fernando Refoyo gritó como nunca antes lo había hecho y trató de retroceder, gateando en el suelo como una niña asustada…

 

…hasta que unas manos protegidas por unos guantes lo sujetaron y tiraron de él. Por momentos, el humo se disipó durante un instante, quizá barrido por un viento mágico, y la figura de un bombero protegido por su traje ignifugo se manifestó ante él. Volvió a gritar, presa de un miedo atroz, a causa de  la impresión recibida  al descubrir los ojos de pupilas amarillentas que divisó detrás del casco. Seguidamente  perdió la conciencia.

 

Cuando Fernando la recuperó se sintió desorientado. No sabía dónde se encontraba. Estaba tumbado en una cama, dentro de una habitación de paredes de madera. Tenía todo el cuerpo dolorido y se sentó. Había ropa  bien doblada en una silla  que reconoció como suya mientras en el suelo descansaba una bandeja con un vaso de zumo de naranja y un par de tostadas de mantequilla. Había una pequeña taza que contenía un café con leche humeante y sobre la mesita de noche estaba su paquete de tabaco y su mechero. Casi se sintió en casa salvo por la extrañeza de la habitación cuya puerta se encontraba cerrada. Aún así, podía distinguir un ruido extraño que en ningún momento le resultó familiar y que sonaba bastante cercano.

 

 Aturdido, trató que su mente no lo torturara con las escenas pasadas y eludió recordar los ojos extraños del misterioso bombero que probablemente le había salvado del fuego que se había desatado en el bosque. Fue inútil. Se estremeció al ver de nuevo en su cabeza los espeluznantes ojos de color amarillo. Quiso olvidar. Bebió el zumo de un solo trago y después probó el café. Caliente y con azúcar. Maravilla terrenal. Mientras, seguía escuchando aquellos sonidos extraños, como pequeños golpes continuos que apenas se detenían. Cogió el paquete de cigarrillos y aún sentado en la cama se lo fumó. Hacía tiempo que no se encontraba rodeado de tanta tranquilidad y no contaba con que aquella situación durara demasiado tiempo…

 

Decidió vestirse. Mantuvo el ceño fruncido porque no era capaz de reconocer aquellos golpes continuos y repetitivos y optó por salir fuera de la habitación. Se escupió en las manos y agarró el pomo de madera. Lo giró hacia la derecha y en contra de lo que había pensado en un principio, la puerta hizo un ruido y se abrió.

 

Con recelo y precaución, empujó la puerta suavemente. Una pequeña sala se presentó ante él y en el fondo había una persona que se encontraba de espaldas. No lo reconoció pero supo lo que estaba haciendo y comprendió el origen de los pequeños sonidos. 

 

El desconocido estaba escribiendo en una vieja máquina, golpeando con sus dedos las gruesas y duras teclas  y cuando Fernando dio dos pasos al frente, la persona que aporreaba la máquina se giró sonriente.

 

-Hola Fernando, has tardado bastante en venir pero me alegro mucho que ya estés aquí.

 

Nuestro amigo se sorprendió al ver a la persona que ahora se había levantado y se dirigía hacia él. Lo conocía. Lo conocía perfectamente. Era el informático. Ya no tenía barba pero aquellos ojos eran inconfundibles. 

 

-¿Qué?

 

-¿Extrañado?.-preguntó el informático con una sonrisa que le recorría la cara de extremo a extremo.-¿Tal vez te esperabas encontrar aquí a… mi hermano?

 

Nuestro amigo quedó paralizado. Desvió momentáneamente la vista hacia la mesa donde hasta ese momento había estado sentado el informático y descubrió infinidad de folios escritos desparramados sobre la mesa, casi tapando una vieja máquina de escribir de color verde.

 

-¿Tienes interés en saber qué te depara tu futuro, amigo Fer? He estado leyendo tu historia, lo que está por venir, repasando lo que mi hermano ha estado escribiendo durante sus noches angustiosas y debo decirte que resulta aterrador.

 

-No… quiero…seguir con… esto. ¿Dónde está tu hermano? ¿Me… gustaría hablar con… él?

 

-¿Mi hermano?.-el informático pareció sorprendido y subió la vista hacia el techo para bajar los ojos inmediatamente, clavarlos en Fernando y sonreír con ellos.-Mi hermano ya no es el que era, ¿Sabes? Cuando descubrió que todo lo que escribía se convertía en realidad casi se volvió loco… loco de verdad. Perdió la cabeza.

 

Fernando sintió que le temblaban las piernas. Advirtió un inquietante  brillo en los ojos del informático, un brillo que interpretó como el brote de la demencia.

 

-Hacía mucho tiempo querido Fer, que no veía a mi hermano disfrutar tanto con sus escritos. Y eso es gracias a ti, ¿Sabes? Se cansó de inventarse personajes, de crear historias sangrientas con asesinos y monstruos que luego le atormentaban por la noche y que le hicieron perder la cordura. Ya no es el mismo. No está bien, pero es mi hermano ¡Mi hermano!, ¿Entiendes?

 

Fernando no dijo nada, simplemente permaneció en silencio, observando al informático cuya mirada a cada minuto que pasaba se mostraba más oscura y misteriosa.

 

-Cuando empezó a escribir sobre ti… lo vi feliz, como nunca antes lo había sido. Quiso parar al comprender que te estaba haciendo daño. Pretendía detenerse y dejarte disfrutar en esa casa con las mujeres que te llevaron a su interior, pero yo le animé a continuar, a dar un giro vertiginoso a la historia. Discutimos, la verdad. El pobre no quería que sufrieras. Te apreciaba, ¿Sabes? Y no entiendo la razón pero sí, se puede decir que te apreciaba e incluso te respetaba.

 

-Me gustaría hablar con él.-repitió nuestro amigo.

 

-Sí claro. Está en el sótano pero no es buena idea que lo veas ya te he dicho que no es el mismo.

 

-Da igual.-respondió Fernando.-Necesito hablar con él. No puede seguir escribiendo sobre mí.

 

-¡Oh, no! Hace días que no lo hace, amigo Fer.-dijo el informático y de su garganta brotó una  carcajada siniestra.-He tomado  el relevo. Digamos que he descubierto que yo también dispongo de ese   mismo don.

 

Fernando observó al informático que en aquél momento cogió un bastón con la empuñadura en forma de serpiente y se apoyó en él. Parecía que le dolía la pierna.

 

-¿Quieres reunirte con mi hermano? Puedes hacerlo. Bajemos al sótano.

 

Nuestro amigo dudó. Sintió pavor ante la temible mirada del informático, ante la expresión perversa de su rostro, ante la crueldad de su sonrisa pero caminó hacia la puerta que le había señalado. La abrió y una luz se encendió. Viejos peldaños de madera se presentaron ante él y sin dudarlo bajó, con la esperanza de alejarse a la mayor brevedad posible del informático. Sin embargo, para su desgracia, le siguió, caminando lentamente tras él, apoyándose en el bastón.

 

Cuando llegaron al final de la escalera, Fernando echó un vistazo al sótano. Estaba completamente vacío… a excepción de una mesa cubierta por un mantel de color negro sobre el que había algo redondo…

 

Fernando abrió los ojos estupefacto y estuvo a punto de lanzar un alarido al reconocer la cabeza cercenada del escritor que yacía con los ojos abiertos sobre la mesa y con una mueca espantosa dibujada en su boca, también abierta.

 

Un escalofrío bajó por la espalda de nuestro amigo y las piernas le temblaron como muros endebles durante  un terremoto. Escuchó las palabras del informático a pocos centímetros de su nuca:

 

-Ya te dije que mi hermano había perdido la cabeza… literalmente.

 

Fernando se giró sobresaltado para descubrir que el bastón que sujetaba el informático  se había convertido ahora en la hoja afilada de una espada y que se levantaba casi a ras del techo. Antes de que pudiera moverse, el filo de acero bajó a vertiginosa velocidad y cercenó la cabeza de Fernando con un corte limpió y brutal. El cuerpo de nuestro amigo cayó al suelo de rodillas mientras su cabeza volaba para estamparse contra una de las paredes y rodar después por el suelo hasta quedar inmóvil.

 

En aquél mismo momento, el informático miró la mesa donde se encontraba la cabeza cercenada de su hermano y descubrió que ésta le guiñaba uno de sus ojos en señal de aprobación. El informático irrumpió en una sonora carcajada coreada por la cabeza cortada de su hermano, que abría y cerraba la boca mientras de sus ojos manaban lágrimas a causa de la excitación y el esfuerzo.

 

El informático caminó hacia el punto donde se hallaba la cabeza cortada de Fernando que había acabado con  los ojos cerrados  y la cogió por los pelos. La contempló durante unos instantes para depositarla después junto a la de su hermano.

 

-¡Eh, tú, pringao!.-gritó la cabeza del escritor mientras volvía a estallar en una carcajada tremebunda a la que su hermano se unió.

 

-¡Pie de pollo!.-gritó entre carcajadas el informático.

 

Instantes después los ojos de Fernando se abrieron y al descubrir a sus dos amigos reírse con amplias carcajadas movió los ojos y contempló su cuerpo decapitado aún de rodillas en el suelo. Desvió la mirada hacia el informático que no paraba de carcajear con los ojos anegados en lágrimas y después miró la cabeza de  su amigo el escritor, que también reía de forma compulsiva, sin poder contenerse. Comprendiendo la delirante y surrealista situación, él también estalló en inquietantes carcajadas y durante horas aquellos tres amigos rieron como nunca antes había reído nadie   en este mundo depravado e  infecto.

 

 
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