Ritual de invocacion

 

 
 
Tres veces susurró su nombre. Tres veces lo pronunció en voz alta.
Desnudo en su habitación a oscuras, tan solo iluminado por la luz que desprendían las llamas de dos gruesas velas negras que había colocado a derecha e izquierda, Asier aguardó  pacientemente la llegada de la medianoche para comenzar el ritual.
Lo había aprendido en el colegio. Uno de los profesores al que le encantaban las leyendas e historias de terror la había contado y prácticamente ninguno de sus compañeros se lo había creído, tampoco él. Las historias de fantasmas eran todas inventadas, eso lo sabía muy bien, sin embargo, allí se encontraba en la soledad de su habitación, siguiendo los pasos que el profesor había indicado con precisión hasta en los más nimios detalles.
Miedo no tenía. En absoluto. Sabía que el ritual no iba a funcionar de ningún modo, que la invocación del fantasma de Débora no iba a servir absolutamente para nada pero no podía obviar el hecho de que se había pasado toda la tarde organizando la escena y preparándose para el gran momento. Tal vez se sentía algo ridículo, quizá si al día siguiente lo contaba en clase lo tildarían de estúpido o loco pero eso a él no le importaba. A pesar de que entendía que todo no era más que una simple fábula, un cuento quizá inventado por el propio profesor para impresionar a su alumnado, la realidad era que quería probar la efectividad de la invocación.
No estaba preparado para ver fantasmas. Eso era algo que Asier sabía perfectamente y no pensaba que la tontería que estaba haciendo, por otro lado sencilla y absurda, pudiera tener efecto alguno.
Aún así, delante del espejo contempló su cuerpo desnudo y sintió un poco de recelo al verse sumido entre las sombras, como si la imagen reflejada fuera la de un cruel demonio. Se miró unos instantes y por primera vez se sintió un pobre ingenuo. Se le pasó por la cabeza dar marcha atrás, encender la luz y olvidarse de todo pero ya que había llegado hasta allí… por qué no seguir adelante. No tenía sentido retroceder.
El profesor les había advertido que todo era una simple superchería ya que sobre este mismo ritual  existían muchas  variaciones. Algunas voces afirmaban que se descubría la fecha de tu muerte, que el espejo enseñaba escenas de tu propio funeral. Otros invocaban el espíritu de Verónica, una malvada chica que había sido asesinada y que ansiaba regresar al mundo de los vivos para vengarse.  Había quienes advertían que el hecho de intentar la invocación permitía ver el rostro del Diablo observándote desde el mismísimo infierno. Por otro lado, y como no podía ser de otra manera, el profesor había señalado que los ilusos que lo habían intentado simplemente se sintieron decepcionados. También les recomendó el visionado de la película “Candyman” para comprender mejor unos hechos imposibles. Sin embargo, lo que había cautivado a Asier era precisamente la historia de Débora, que según el profesor era un fantasma que tras ser invocado quedaba a expensas de lo que de ella se requiriera. Tener el poder de dirigir a un espíritu, de hacerle realizar cosas fuera de lo común le tenía fascinado y, sin que pudiera entender qué era lo que estaba ocurriendo en realidad, comenzó a obsesionarse con la a todos visos inexistente Débora.
Lo más sencillo para comprobar las cosas era probarlas uno mismo y por esa razón  se había metido en todo este jaleo. Nada que perder y quizá mucho que ganar.
Tres veces susurró su nombre. Tres veces lo pronunció en voz alta.
Y nada sucedió.
Aguardó varios minutos pero la imagen del espejo simplemente reflejaba el cuerpo aterido por el frío de un adolescente que se miraba con una expresión absurda plasmada en su rostro. Allí no salía nada extraordinario, ni imágenes escabrosas ni seres repugnantes. Si aquello era una invocación nadie había acudido a su llamada. Se había limitado a seguir con precaución pero exactamente los pasos que el profesor  había indicado pero ningún espíritu de las sombras se sintió aludido.
Maldiciendo entre dientes y masticando la acidez de una supina desesperación no le quedó otra cosa que resignarse. Había pronunciado tres veces el nombre de Débora. Primero a modo de susurro, después en voz alta. Si todo fuera real tenía que haber aparecido inmediatamente para ponerse a su servicio. Sonrió. Bajó los brazos en señal de rendición y se llamó tonto varias veces ladeando la cabeza de un lado a otro. ¿Y si el espíritu de esa chica hubiera aparecido qué? ¿Se habría atrevido a pedirle algo? La verdad es que Asier no confió en ningún momento que el ritual fuera efectivo y de algún modo se acordó de la habilidad de  su profesor, que les había metido en la cabeza una historia truculenta pero estúpida de fantasmas y espíritus malvados que  había calado hondo, especialmente en él.  Se preguntó si alguno más de sus compañeros habría probado aquél experimento.
Sopló la primera vela y su llama se extinguió tras realizar un siniestro baile. Al ir a apagar la segunda, advirtió con el rabillo del ojo un extraño movimiento. La piel se le erizó y un ramalazo de frío hiriente resbaló por su espina dorsal, arañando la profundidad de su alma. Confundido, desvió la cabeza  hacia el espejo.
Quedó petrificado al descubrir la imagen de una mujer al otro lado, observándolo a través de unos ojos enteramente azules, sujetos a  una mirada tremebunda y siniestra que intimidaban.
Asier retrocedió asustado y el corazón saltó en el interior de su pecho. Allí estaba. No cabía duda.
El fantasma.
La mujer del espejo lo observaba en silencio, manteniendo en sus labios negros una sonrisa maquiavélica. Su rostro, cubierto de manchas rojas que Asier supuso que sería sangre, mantenía una expresión adusta y severa. El resto de su cuerpo, blanco como la nieve, estaba desnudo. En lugar de pechos, tenía dos formas oscuras que Asier no pudo o no supo interpretar. El chico lanzó un alarido cuando la imagen del espejo se movió.
La mujer comenzó a salir del otro lado y accedió a la habitación. Se movía lentamente, como si estuviera caminando sobre un suelo repleto de cristales.
Avanzó sin quitarle la vista de encima y cuando estuvo a la altura del muchacho, alzó los brazos y los estiró hacia delante, atrapando con sus largos y delgados dedos el cuerpo tembloroso de Asier, que enmudeció nada más recibir el contacto glacial sobre su cuerpo. Quiso gritar pero su garganta impidió el acceso de todo sonido. La aparición esbozó una extraña mueca y un sonido aborrecible salió de las profundidades de sus entrañas.
 
Al día siguiente, el profesor pasó lista con excesivo interés. Faltaba Asier y tres compañeros más. Sonrió satisfecho y se reclinó sobre el asiento mientras observaba en silencio a sus alumnos. Cerró los ojos y la fatal imagen de Débora ocupó su mente. “Pronto te enviaré nuevos huéspedes, querida, pronto volveremos a estar juntos”.
 
 
 
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