Dia de Año Nuevo

Odio las Navidades. Son unas fiestas cargadas de hipocresía y falsedad.

Odio a la gente que se gasta más de lo que tiene para pasar unos días con la gente que no soporta y hacer regalos cargados de un cariñoso compromiso que en realidad no sienten.

 

Odio la parafernalia que adornan los árboles de mi pueblo, las luces que parpadean en las casas, los balcones repletos de papanoeles y olentzeros. Todo esto  no es más que  basura, que no tiene pies ni cabeza porque en realidad no se celebra absolutamente nada.

 

Aún así, lo respeto. Respeto a todos aquellos que quieren hacer felices a sus hijos con mentiras y engaños. Respeto a las personas que se ceban como cerdos en las comidas  familiares, atiborrándose de grasas, dulces y marisco.

 

Claro que lo respeto, faltaría más. Que se gasten la hipocresía que les sobra, que sonrían aunque sus sonrisas sean tan falsas y huecas como sus alegres rostros, que  abracen sin ton ni son,  aunque nadie note la frialdad de esos abrazos pero por favor, solo pido una cosa, que me dejen dormir tranquilo.

 

Todos los putos años mis vecinos montan su batallita personal de música, especialmente en Nochevieja. El típico karaoke, los gritos habituales, los villancicos, la música a tope, los golpes sobre la madera en sus bailes y saltos. Y la calle no es mejor. Jóvenes borrachos que lanzan cohetes y petardos  para celebrar la entrada del nuevo año, berridos a modo de canciones, gritos histéricos, carcajadas estruendosas…

 

No miento si a las once de la noche ya estaba en la cama. No soy de las personas que comen las uvas ni se tragan los tostones que echan en la mierda de televisión que tenemos. Y como cada año, sabía que tarde o temprano me despertaría sobresaltado, bien por los ruidos de mis vecinos, bien por el jaleo de la calle. Sería una noche larga, aunque nunca pensé que esto pudiera ocurrir, la verdad.

 

Apenas era la una de la madrugada cuando, tal y como esperaba, fui despertado. Ya estábamos en el nuevo año y a mí me daba exactamente igual. Ni siquiera presté atención a las voces que escuchaba en el exterior ni a los golpes que sonaban en el piso de arriba, tampoco al jaleo que parecía proceder del portal. Giré mi cuerpo y hundí la cabeza en la almohada con la pretensión de volver a conciliar el sueño. Fue imposible.  Tal vez este año, la fiesta y el desmadre eran mucho peores.

 

Si hubiera estado un poco más alerta me habría dado cuenta de algunos pequeños detalles que en aquél momento me habían pasado desapercibidos. De haber estado más atento, quizá no estaría en la situación en la que ahora me encuentro pues los muertos no escogieron peor momento que la llegada del nuevo año para levantarse de sus tumbas y caminar por la tierra, devorando el cerebro de los vivos.

 

Viéndolo con relativa frialdad, comprendo lo estúpido que llegué a ser. No eran petardos de celebración lo que escuchaba en la calle. Las detonaciones que se producían a pequeños intervalos de tiempo eran disparos. No podía imaginar que el ejército había irrumpido en la población para combatir la horda de muertos vivientes que se había alzado como una hambrienta marabunta. De algún modo aquellos hombres  estaban preparados, como si supieran que algo que a todos visos resultaba imposible fuera a suceder en este preciso momento. Soy de la opinión de que nadie puede reaccionar tan rápido y menos en una noche tan especial. Pero ahí estaban los soldados, prestos a combatir.

 

Naturalmente, los gritos que me despertaron no procedían de personas borrachas sino de personas asustadas, que quizá con algunas copas de más vieron cómo lo que nadie creía posible salvo en la perturbada imaginación de los escritores del género de terror estaba sucediendo ahí mismo, frente a sus propias narices. Y no debe ser agradable estar de fiesta y darse de bruces con cadáveres podridos caminando por las calles, dirigiéndose hacia los vivos para devorarlos sin piedad.

 

Ahora me doy cuenta de que la música de mis vecinos había enmudecido repentinamente, coincidiendo con los alaridos que procedían del portal. Y luego fueron los golpes en la puerta. En un primer momento pensé que se trataba de un pesado que quizá se había equivocado de piso o bien que simplemente quería tocarme los cojones pues conocido es mi carácter agrio en lo que se respecta a estas fechas y no sería la primera vez que algunos gamberros ponían a prueba mi paciencia.

 

Sin embargo, esta vez era diferente. Era una de mis vecinas, que con sus dos hijos pegados al cuerpo, llamaba pidiendo auxilio. Yo no lo sabía, claro, por eso no abrí. Y cuando sus gritos de terror sonaron como si le estuvieran arrancando la piel a tiras, sentí un estremecimiento que me convenció aún más para no abrir la puerta. Me armé de valor para asomarme  por la mirilla y entonces lo vi. El rostro descompuesto y podrido de un cadáver viviente que aún llevaba un gorro de papanoel. Abría su deforme boca y mordía el cuello de mi vecina y prácticamente le arrancaba la cabeza de cuajo. Oí la petición de auxilio de sus hijos, escuché sus gritos de terror. Que Dios me perdone, pero  no abrí. Después escuché ruidos extraños, rotura de huesos, respiraciones profundas y golpes en la puerta, esta vez más pesados y constantes.

 

Aterrado me asomé por la ventana. Allí estaba el gran espectáculo. La gente corría de un lado para otro, con sus vestidos de noche, sus trajes elegantes, perseguidos por un numeroso ejército de muertos vivientes, que caminaban con lentitud pasmosa, levantando los brazos grotescamente, con sus ropas roídas, sus bocas abiertas, su piel cayéndose a trozos. Y tras estos, un grupo reducido de jóvenes militares disparaban a las cabezas de los levantados, que tras recibir el impacto caían al suelo, inmóviles. Pero los muertos aumentaban en número. Venían por todas partes. Salían hasta de debajo de las piedras, como hormigas que abandonaban el hormiguero para buscar comida.

 

 Con el paso de las horas tanto los gritos como los disparos dejaron de producirse. Me asomé de nuevo, aterrado por la visión anterior, y descubrí que ya no había gente corriendo por las calles, sus cuerpos rotos y partidos yacían en las aceras, sobre la carretera, mientras los muertos, agachados sobre ellos,  se alimentaban. Desde la lejanía vi avanzar una masa oscura que  ocupaba toda la calle y que no tenía fin. Miles de muertos caminaban. Y podía escuchar el sonido de sus pisadas sobre el asfalto, como el sonido de un enjambre de abejas que inexorablemente se acercaba.  De los militares ni rastro. Tal vez habían huido, desbordados por la situación. Era imposible enfrentarse a la cantidad  de zombis que estaban tomando las calles. Lo más probable era  que nuestro ejército   hubiera sido vencido y aniquilado. Así están las cosas.

 

Cierro la ventana y miró hacia el exterior. Veo muchas siluetas asomadas  en las ventanas de los edificios que hacen exactamente lo mismo que yo. Figuras de personas a las que se les han atragantado las uvas, sin duda. Bajo la persiana con el temblor recorriendo mi cuerpo y me siento en la habitación. Entierro mi rostro entre mis manos y rompo a llorar, como un niño asustado, como un adulto atrapado. Los golpes de la puerta continúan. Ahora son muchas las manos muertas  que la golpean. Estoy convencido de que me han olido, de que esas cosas son capaces de detectar la presencia de los vivos a través del olfato y saben que estoy aquí. Oigo sus respiraciones profundas y lacónicas, huelo el hedor que desprenden sus cuerpos putrefactos, la agonía de sus lamentos. No le auguro mucha resistencia a esa puerta, en cualquier momento puede desencajarse, venirse abajo y permitir el paso de los muertos.

 

Me levanto y examino la nevera. Apenas hay alimentos y la despensa la tengo casi vacía por mi estupidez de no hacer compras masivas durante estas fechas, que ya no volverán a ser las mismas para nadie.  Apenas me quedan un par de cervezas, una  botella de agua, un poco de fruta, algunas latas de mejillones, aceitunas  y un paquete de macarrones. De un modo u otro, no creo que pueda resistir mucho tiempo aquí dentro.

 

Y esta es la situación real hoy en día. Así ha empezado el 2014, ¿Cómo lo ves?

 

 
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