Hacia el fondo del abismo

 

 

 

HACIA EL FONDO DEL ABISMO

 

Por José Manuel Durán Martínez

 

Al abrir los ojos comprendí que algo no andaba bien. El día anterior me había acostado con un fiero dolor de cabeza que aún perdura y que atormenta los extremos más alejados de mi frente. Además, toda la noche la he pasado envuelto en un latoso frío que me ha provocado convulsiones y sudores intensos. Lo primero que he pensado es que había pillado la gripe, que su fiebre estaba haciendo estragos en mi organismo pero, si soy del todo sincero, me encuentro demasiado raro, extraño, como para pensar que todo se reduce a un simple resfriado.

Al despertar he alargado el brazo hacia la oscuridad en busca de la pared donde apoyar la mano y apretar el interruptor para encender la luz. Ante mi sorpresa, he tocado algo viscoso, gélido, de tacto horripilante y he recogido el brazo con la sensación de que en realidad no me encontraba en mi habitación.

Me incorporo violentamente y descubro, sorprendido, que las sábanas sobre las que he estado tumbado yacen completamente mojadas. Hay un extraño olor en el dormitorio, un aroma rancio y desagradable, una mezcla de sudor y orina.

Salto de la cama como un resorte y al apoyar mis pies desnudos en el suelo compruebo que está helado y húmedo como la nieve. A causa de la impresión, mi garganta trata de arrojar un quejido, mas ningún sonido emerge de ella, permaneciendo muda y asustada.

Tiemblo de frío. Tengo la garganta seca y los ojos se me cierran a causa de un agotamiento físico que ha agarrotado todos mis músculos, como si mi cuerpo se hubiera atrofiado durante el transcurso de la noche. Siento un pequeño pero acuciante escozor en el centro de mi estómago y un ligero mareo golpeando mi conciencia de una manera brutal y desmedida.

Busco de nuevo el interruptor de la luz. Es inútil, mis ojos apenas pueden rasgar las vestiduras de la espesa oscuridad en la que está envuelta mi habitación. Trato entonces de acercarme a la ventana con la intención de abrirla y poder respirar un poco de aire fresco, aquí huele francamente mal. Tampoco la encuentro. Es como si hubiera perdido el sentido de la orientación pero por más que giro sobre mi propio cuerpo descubro que no soy capaz de encontrar la ventana; es más, tengo la sensación opresiva de estar encerrado en un lugar que no me corresponde.

A tientas, con las palmas de las manos toco la masa viscosa cuyo tacto me recuerda a la gelatina y que sin embargo deberían ser las paredes. Trato de encontrar la puerta. Cuando estoy a punto de hacerlo, escucho unos ruidos singulares que proceden del interior del armario. Presto atención y el miedo arruga mi alma al imaginar el origen de esos misteriosos e inquietantes sonidos. Es una especie de roce, como si miles de diminutas cucarachas se movieran inquietas dentro del armario, moviéndose nerviosas, asustadas, golpeando con sus delgadas patitas la madera, deseando salir de su prisión para abalanzarse sobre mí y atraparme.

Aterrado, doy un paso atrás al tiempo que oigo unas voces que me resultan atroces, demoníacas, perversas y que proceden del pasillo. Entonces, a través de la rendija de la puerta, veo que alguien ha encendido una luz al otro lado. Las voces siguen sonando. Hay muchas que me resultan desconocidas pero entre ellas está la de mi madre. Y llora.

Un desconocido trata de calmarla.

Oigo pasos que se acercan.

Nuevas voces.

El llanto de mi madre más cercano.

Ruidos al otro lado de la puerta. Alguien se dispone a entrar.

Por fin.

La luz irrumpe en mi habitación y la oscuridad que hasta entonces me rodeaba se esparce hacia un lado. Asombrado, veo a dos hombres vestidos de negro con trajes impecables. En sus rostros mantienen una expresión tan severa como miserable. Sujetan a mi madre de los brazos; ella apenas se tiene en pié y no deja de llorar de una forma tan desesperada que mi corazón se rompe de dolor, impotencia e incomprensión. Al fondo, detrás de aquellos hombres, veo a mi hermana pequeña, permanece inmóvil, con las manos en los bolsillos, la cabeza agachada y el rostro escondido detrás de su pelo.

Mi madre y aquellos hombres entran en la habitación. Mi hermanita se queda fuera. Hay alguien a su lado pero no acierto a adivinar quién es. Creo que nunca lo he visto.

Pasan a mi lado, como si no me vieran, como si no existiera. Trato de dirigirme a ellos pero mi garganta se niega a producir sonido alguno. Giro la cabeza y veo que los dos hombres se acercan a la cama. Hay un cuerpo tendido sobre ella. Mi madre cae al suelo y rompe a llorar, con las manos golpeando el suelo una y otra vez. Sus gritos destrozan mi alma.

Alguien más entra en la habitación.

Dos hombres vestidos igualmente de negro, como los primeros. Han dejado un ataúd en la entrada.

Miro hacia la cama para descubrir lo que ya se dibuja como una realidad dentro de mi ser. Veo mi cuerpo inerte tendido sobre ella. La expresión en mi rostro es horrenda. Tengo los ojos abiertos, vacíos de vida.

La habitación comienza a girar vertiginosamente a mi alrededor. Sufro terribles convulsiones al tiempo que las puertas del armario se abren y un gran número de brazos deformes y oscuros se estiran para atraparme y conducirme al fondo de un abismo.

Cuando las puertas del armario se cierran y yo quedo atrapado en el interior, aún escucho cómo aquellos hombres levantan mi cuerpo de la cama y lo sacan de la habitación para introducirlo en el ataúd.

Estoy a punto de perder por completo la conciencia, pero antes de hacerlo, oigo de nuevo el llanto desconsolado de mi madre, su alarido desgarrador, y comprendo que ése será mi último recuerdo mientras inicio mi viaje a lo más profundo de las tinieblas.

 

 

 
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