Decision equivocada

 

 
-¿Has oído eso?
-No es nada ¡sigue, sigue!
Natalia se quitó de encima de Nacho y buscó el jersey para taparse los pechos desnudos.
-No me digas que no lo has oído. Ha sido como un grito.
-No seas tonta, no pasa nada. Vamos a seguir, por favor…
-No puedo, estoy nerviosa. Te juro que he escuchado algo.
Natalia se sentó frente al volante y buscó con la mirada en el exterior, pero los cristales empañados le impidieron distinguir más allá de las sombras.
-¿Vas a dejarme a medias?.-inquirió Nacho bajándose los pantalones y mostrando su miembro erecto. Natalia lo miró unos momentos y chasqueó la lengua; su mente estaba lejos de allí.
Hacía veinte minutos que la pareja había llegado a aquél apartado situado a las afueras del pueblo, que los jóvenes de la localidad utilizaban como picadero. No era la primera vez que Nacho y Natalia acudían allí para besarse, acariciarse y, en algunas ocasiones, hacer el amor. Precisamente ésa era su intención aquella noche.
Se habían besado apasionadamente. Ella se sentó encima de Nacho y comenzó a hundir sus ardientes labios en los del chico. Se quitó el jersey  y dejó que él le arrancara de un manotazo el sujetador de color negro. Los pequeños pechos de Natalia saltaron al aire y en ese momento los ojos de Nacho brillaron de excitación.  Seguidamente, el chico hundió la cabeza entre los pechos y comenzó a morderlos, ante los profundos gemidos de Natalia, que le agarró la cabeza y le pidió que le lamiera los pezones.
En mitad de la faena sonó claramente, al menos para los oídos de Natalia.  Quizá a no mucha distancia.
Un grito prolongado. Un grito de dolor.
Natalia abrió los ojos y separó la cabeza de su novio, que no había oído absolutamente nada.
-Venga, ponte encima.-pidió Nacho agarrando el brazo de Natalia, pero ella negó  con la cabeza, preocupada.
-¿Por qué no echas un vistazo? Quizá ha pasado algo…
Nacho movió los ojos  burlonamente e intentó acercar la mano de Natalia a sus partes nobles, pero ella escapó de aquella treta con un hábil manotazo.
-¡No seas idiota!
Volvió a oírse un  grito. Esta vez más fuerte. Los dos lo escucharon con perfecta claridad y estarían de acuerdo en afirmar que estaba cargado de un hondo dolor.
Esta vez Nacho arqueó las cejas sobrecogido  y miró a su novia con los ojos muy abiertos.
-¡Te lo dije!
Nacho se apresuró a subirse el pantalón y bajó la ventanilla del copiloto. El intenso frió de la noche intentó colarse rápidamente en el interior del coche. El joven le facilitó el acceso al abrir la puerta;  salió al exterior.
Con el torso desnudo, Nacho examinó los alrededores con profundo interés. La noche no le facilitaba el acceso más allá de los pocos metros y  un nuevo grito le hizo dirigir la cabeza hacia un lugar determinado. Vio un pequeño destello, que desapareció rápidamente, tragado por las sombras. Miró unos instantes hacia atrás y vio a Natalia que lo observaba con cara de preocupación desde el interior del coche. Le hizo una seña con la mano y se alejó. Natalia protestó pero Nacho la ignoró.
El joven, que se arrepintió de no haberse puesto el jersey, caminó entre los árboles con el pecho al descubierto, para descubrir de dónde procedían aquellos gritos y quién los emitía.
No tardó en averiguarlo y la escena le dejó profundamente impactado.
No era para menos.
A medida que se acercaba al punto donde presumiblemente salían los gritos, Nacho escuchó una voz y seguidamente un alarido desgarrador que perturbó la paz de aquél paraje. El joven se detuvo en el acto, presó del pavor. Su corazón comenzó a latir de manera desbocada y los nervios hacían travesuras en su estómago. Reanudó la marcha y encontró una silueta de aspecto humano que se movía pocos metros más adelante.
Nacho se tumbó junto a un árbol para observar la escena, que le pareció fuera de lugar.
Una chica, de unos veinticinco años, daba vueltas por los alrededores. Sin duda era atractiva; el pelo rizado caía sobre sus hombros y llevaba  en la mano un objeto que  no pudo o no supo identificar.
Oyó un ruido a su espalda y Nacho se giró sobresaltado para posteriormente tranquilizarse  al ver el rostro  conocido de Natalia.
-¡Te dije que te quedaras en el coche!
-¿Qué pasa?
Nacho no contestó, se limitó a señalar hacia adelante.
Ambos pudieron ver que la chica morena acababa de encender una pequeña hoguera. Gracias a la luz que ahora procedía de las llamas, percibieron nuevos detalles.
Había alguien más con ella. Un hombre joven, casi un muchacho, completamente desnudo. Atado a un árbol. Natalia agarró el brazo de Nacho y se llevó la mano a la boca, para evitar lanzar un quejido.
-¿Qué están haciendo?.-susurró la joven
-No lo sé, pero eso no es nada bueno…
Entonces los dos pudieron ver con toda facilidad lo que la chica tenía  entre sus manos y apuntaba con ese objeto al joven atado. Se oyó un ruido sesgado y después un grito ensordecedor, proferido por la garganta del muchacho.
-¡Le ha clavado una flecha!.-exclamó Natalia horrorizada. Nacho la agarró y la empujó hacia abajo, pidiéndole que guardara silencio.
Pero Natalia no se equivocaba. Aquella desconocida había lanzando una flecha sobre el cuerpo del joven atado. Nacho pudo ver claramente que el trozo de madera se había clavado en la pierna derecha del desdichado. Y tenía otra en el hombro.
De ambas heridas sangraba.
-Llama a la policía, yo voy a intentar ayudar a ese chico.
-¡No!.-pidió Natalia con un hilo de voz.-¡Te matará!
-¿Y qué quieres que haga? ¿Dejar que mate al tío ese? No me va a pasar nada, tú avisa a la policía y yo entretendré a esa puta. Venga, ¡¡Vete!!
Natalia le hizo caso y corrió hacia el coche, en busca del teléfono móvil que debía andar, con toda probabilidad, debajo de algún asiento, entre parte de la ropa y la caja de preservativos. Nacho tomó la decisión de abandonar el escondite y se aproximó con lentitud. La chica morena estaba de espaldas. La vio acercar una especie de ballesta hacia el fuego y la flecha que estaba cargada quedó envuelta en llamas casi al instante. El chico atado gimió asustado y la mujer lo apuntó.
Disparó.
La flecha incandescente recorrió el espacio que separaba a los dos desconocidos  con tremenda rapidez y el grosor de la madera atravesó el pecho del prisionero, que esta vez emitió un quejido ahogado. Pareció morir en aquél mismo instante. La cabeza del chico quedó hacia abajo y no realizó ningún movimiento. Ni el más leve.
Nacho llegó hasta la joven morena y, completamente decidido, la agarró por detrás. La chica, sorprendida, intentó zafarse pero Nacho la golpeó en la cabeza varias veces, hasta que las rodillas de la muchacha se doblaron. La ballesta cayó al suelo.
Nacho soltó a la desconocida y la examinó durante breves segundos. No se había equivocado, era una chica atractiva, pero tenía algo en su mirada que no le gustaba; algo de carácter maligno. Intentó acercarse a ella pero se revolvió tratando de recuperar el arma. Nacho le lanzó una potente patada que impactó en la cabeza de la chica y ésta cayó redonda al suelo, inconsciente.
El chico le dio la espalda y se apresuró a llegar hasta el joven que estaba atado en el árbol, con tres flechas clavadas en su cuerpo; la última de ellas, aún ardía.  Se apresuró a desatarlo y no pudo evitar que el cuerpo del chico cayera al suelo. Inconsciente.
Tal vez muerto.
Nacho buscó el pulso en el cuello del desafortunado pero no lo encontró y se lamentó haber llegado tarde. Por el rabillo del ojo vio que la chica morena se incorporaba y él se levantó, para hacerle frente.
-¡Maldito imbécil!.-masculló la joven. Y recogió la ballesta.
Nacho temió por su vida, pero la desconocida no cargó el arma, se limitó a observarle a través de unos expresivos ojos verdes, cargados de cólera.
-¡Maldito imbécil!.-repitió de nuevo.
Nacho abrió los ojos sorprendido cuando la chica comenzó a cargar la ballesta con clara intención de dispararle. No se lo permitió. Corrió hacia ella y rodó por el suelo hasta llegar a su lado, en cuestión de segundos; le propinó una patada en las espinillas. La chica chilló y cayó al suelo. Nacho se incorporó y usó los puños para acabar de dejar inconsciente a la muchacha, que comenzó a sangrar de la boca y la nariz.
Sin quitarle los ojos de encima, Nacho se acercó al cuerpo inmóvil del joven  con la intención de comprobar si podía quitarle las flechas clavadas y dio un respingo hacia atrás, quedando sentado de culo en el suelo. Tenía los ojos abiertos.
¡Estaba vivo!
Corrió en su ayuda al tiempo que  el joven comenzó a balbucear. Quería decir algo, pero de su boca solo salieron borbotones de sangre.
-Pronto vendrá la policía, no te preocupes, aguanta tío.
Nacho tocó la mano del joven. Estaba excesivamente fría y comprendió que la vida se le escapaba. Aquél chico no iba a tener suerte. Aún así, en un acto desesperado por influirle esperanza, le cogió la mano y la apretó entre las suyas.
El chico levantó la cabeza y le lanzó una mirada extraña. Nacho vio que movía los labios y se acercó para escuchar sus palabras.
Pero aquél chico no dijo nada.
Abrió la boca y Nacho pudo ver dos afilados colmillos, largos, puntiagudos. No tuvo tiempo de echarse para atrás y notó que se clavaban en su cuello, como hierros penetrando en su piel.
Las manos del chico, convertidas ahora en potentes garras, lo aferraron con fuerza.
Nacho notó que la vida se le escapaba en un suspiro. Aquel chico al que había salvado de una muerte segura le estaba chupando toda la sangre.
Apenas con nada en las venas, los ojos casi muertos de Nacho, vidriosos y carentes de sentimiento, vieron desde el suelo que el chico se incorporaba con una sonrisa de satisfacción  entre los labios. Se arrancó las tres flechas con un gesto violento y sus heridas cicatrizaron en cuestión de segundos.
Nacho moría, pero antes de cerrar los ojos  lanzó una mirada al cuerpo inconsciente de la chica morena a la que  había impedido acabar con el monstruo. El vampiro se acercó a quien consideraba su cazadora y se inclinó sobre ella, para alimentarse. Después, Nacho oyó un alarido de mujer. Ladeó la cabeza sin apenas fuerza para mirar en la dirección del sonido y vio a Natalia, que había surgido entre la maleza y contemplaba la escena  con el rostro descompuesto.
Nacho intentó advertirla, pedirle que huyera, pero no tuvo tiempo de hacerlo. El joven vampiro se incorporó con la boca manchada de sangre y se acercó a Natalia, que quedó petrificada por el terror. Intentó retroceder pero tropezó y cayó al suelo.
Nacho no vio nada más,  la oscuridad lo abrazó para toda la eternidad pero tuvo tiempo de oír, por última vez, el angustioso alarido que la garganta de su novia profirió, desgarrando las vestiduras de la noche.
Después el silencio y la paz más absoluta.
 
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