La caida del guerrero

La Caída del Guerrero

La espada se soltó de su mano y el viejo guerrero quedó desolado ante la horda de muertos vivientes que surgían de entre los matorrales, como un enjambre de avispas asustadas. Ya le habían mordido en el muslo y la sangre derramada atraía a más y más criaturas infernales, que lo observaban a través de sus cuencas vacías e inertes, carentes de cualquier arruga de sentimiento.

-Este es mi fin.-murmuró entre dientes.-Nunca lo imaginé de esta manera

Sabía que adentrarse en el bosque a altas horas de la madrugada, desoyendo los consejos de los ancianos, era cuando menos un intento de suicidio y ahí tenía su recompensa. Todo su valor, maquillado por una arrogancia que lo convertía en un ser ruin y miserable, de nada sirve cuando te encuentras desarmado en un lugar inhóspito y apartado del mundo, rodeado de un centenar de seres extraños y repugnantes que se han levantado de sus propias tumbas para vagar por la Tierra como si el mismísimo Diablo, en un alarde de ingenio sin precedentes, se lo hubiera ordenado.

Escuchó sus propios jadeos y sintió el agudo dolor de su pierna. Era el momento de morir y como último desafío miró hacia el abismo de aquellas cuencas vacías para contemplar el fondo hueco y oscuro de unas miradas perdidas, miradas procedentes de los cadáveres vivientes que en cualquier momento iban a convertirlo en un simple amasijo de carne que acabaría bailando entre las mandíbulas hambrientas de los monstruos.

El guerrero trató de reír pero sus labios sólo dejaron escapar un quejido de dolor.

Rodeado por un número indeterminado de miserables demonios sin identidad, cerró los ojos para no ver sus rostros cadavéricos y podridos y levantó los brazos en señal clara de rendición. Al mismo tiempo, como despidiéndose de este mundo hostil, lanzó un bramido furioso que en un primer momento hizo retroceder a los muertos, quienes luego se lo pensaron mejor y se abalanzaron como perros rabiosos y hambrientos hacia su presa.

El guerrero solo sintió los primeros mordiscos, después, el dolor fue tan intenso que perdió el conocimiento. A la espesa oscuridad le acompañó el pestilente olor de la muerte y después la mísera nada, que lo envolvió en un abrazo total mientras en las profundidades del bosque se escuchaba el rumiar de decenas de mandíbulas y el sonido de los huesos al partirse con la fuerza de unos dientes negros y podridos, ávidos de carne humana.

 

 
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