Asalto a la fabrica I

 

 

La historia que vas a leer a continuación forma parte de la exultante imaginación del autor, por lo que cualquier detalle que pueda semejarse con la realidad en el trato y comportamiento de los personajes y/o en el escenario donde se desarrollan los hechos es una simple coincidencia (o quizá no).

Por otro lado, el autor pide perdón a aquellas personas que puedan sentirse ofendidas al aparecer sin su permiso en esta historia ya que su intención siempre ha sido “utilizarlos” con gran cariño y el máximo de los respetos, aunque pudiera parecer todo lo contrario. En cualquier caso, el único “idiota” siempre es y será el propio autor.

 

 

Las cuatro menos diez de la mañana.

El despertador gime con una melodía heavy y al abrir los ojos lo hago con media sonrisa perfilada en mis labios. Aturdido, enciendo la luz y me visto. Oigo la lluvia que cae en el exterior y retumba un ruidoso trueno que hace estremecer los cimientos de mi casa. Después de coger el bocadillo, abro el balcón y agarro el ridículo traje de agua.

Minutos después estoy en la lonja, donde ya he arrancado mi pequeña scooter. Me pongo el traje de agua y me monto en el ciclomotor. Abro la puerta del garaje y presiono el acelerador. El pequeño motor ruge con más ruido que potencia y subo la pequeña cuesta. Todo un reto a estas horas.

Ya en la carretera, la intensa lluvia choca en mi cuerpo y va resbalando por el horripilante traje verde. Oigo los golpes del agua sacudiendo el casco, parecen pequeñas pelotas que caen con fuerza sobre mi cabeza y me producen cierta desazón. Tengo que usar varias veces la mano para limpiar el agua de la visera. Me separan de mi lugar de destino veinte minutos, quince con el viento a favor, pero hoy no hay viento, solo tormenta.

 

Un coche me adelanta y pita al pasar, entonces caigo en la cuenta que llevo las luces apagadas y mascullando entre dientes le doy al interruptor. Ya tengo luz, no es demasiado potente pero sí lo suficiente como para no poner mi vida en peligro.

Paso por la primera población, está desierta a estas horas de la madrugada. Nadie por las calles, ni un alma viva deambulando de aquí para allá. Llegó hasta el segundo pueblo. Yermo como el desierto. Todos deben estar en sus respectivas camitas, calentitos y protegidos del temporal.

Completamente empapado, con el motor vociferando que no puede más, vislumbro ya en la distancia la fachada de la fábrica donde llevo trabajando los últimos años de mi vida. Y no los mejores, precisamente. Allí, ubicada entre otros pabellones, el lugar me resulta siniestro y solitario. Soy de los primeros en llegar, algo que no va a sorprender absolutamente a nadie.

Espero encontrarme con las dos personas que trabajan allí en el turno de noche para ver si pueden ponerme al día de los últimos acontecimientos que me haya podido perder, pero nada más entrar por la puerta percibo algo que es inhabitual: Silencio.

Extrañado, compruebo que las turbinas del horno no están encendidas e incluso advierto que la gran maquinaria se encuentra apagada, lo cual va a provocar el caos cuando tengamos que poner la cadena en marcha. Me gustará ver la cara de crispación que mostrará el encargado cuando compruebe que no se puede empezar a la hora y más aún me imagino las expresiones en los rostros del personal de calidad e incluso del gerente, al conocer que, por un fallo humano, no se ha podido comenzar a producir a su debido tiempo. Porque ha sido un fallo humano ¿verdad? Espero que no, de lo contrario van a rodar cabezas y sé precisamente que cabezas caerán.

Todo está en penumbra, parece que al personal de mantenimiento se le ha olvidado encender la luz de la mitad del pabellón. Veo al fondo una carretilla con las luces encendidas y uno de los intermitentes puesto. Frunzo el ceño y me dirijo a la garita del encargado. Tengo una gran curiosidad por ver el parte de trabajo y comprobar si a mis compañeros y a mí nos espera un buen día. El cristal de la puerta está roto, veo trozos esparcidos por el suelo y varias hojas arrugadas junto al ordenador. Gracias a la poca iluminación no advierto que parte de esas hojas están manchadas…

…de sangre.

Si me hubiera fijado mejor tal vez habría descubierto junto al teclado del ordenador varios dedos humanos que muestran claros síntomas de haber sido arrancados a mordidos, pero no los he visto y quizá ésa haya sido mi perdición.

 

Cruzo el pasillo en penumbra y me dirijo a la zona de vestuarios, donde veo luz tras la puerta entreabierta. Sonrío al comprobar que el pabellón sigue lleno y la falta de trabajo ya no es una preocupación. Precisamente por culpa del abundante material que se concentra en numerosos contenedores de diversos colores y tamaños, no descubro una sombra alargada que se ha ocultado a mi derecha; ni siquiera he escuchado sus pasos y, sea lo que sea, ha arrastrado los pies, como si le pesaran.

Llego hasta el reloj de marcar y veo que todas las fichas están por el suelo. ¡Algún imbécil ha estado jugando con ellas! Maldigo entre dientes y hago un montón con todas. Cuatro minutos he tardado en encontrar la mía y ficho. Dejo el resto junto al reloj, no me apetece colocarlas en sus respectivos casilleros: ya lo harán mis compañeros según vayan llegando.

Subo a cambiarme. Es extraño, el encargado aún no ha venido. Ya debería estar aquí. Me sitúo frente a la taquilla y busco con el móvil una de las últimas canciones que me he bajado de la red. Heavy Metal, por supuesto. Le doy al “Play” y la pequeña estancia se inunda de una aplastante y cautivadora melodía que me hace estremecer, casi llegando al orgasmo. Gracias a ella no he podido escuchar el profundo y lacónico grito que ha sonado en el otro extremo del taller. El encargado acaba de aparcar la furgoneta junto a mi moto y ha entrado en la fábrica. Algo se ha abalanzado sobre él y ha hundido los podridos dientes en su garganta, desgarrándola. Mientras yo me pongo los pantalones y después el chaleco, esa cosa se está alimentado del pobre hombre.

Tras comprobar que tengo dinero suficiente para la máquina de café (admito que soy jodidamente cafetero) apago el móvil y cuento los bolígrafos que penden de mi bolsillo. Están todos. Anoto un pequeño comentario en la libreta y resoplo antes de bajar por las escaleras.

Las cuatro y media y comienzo a ponerme nervioso al no ver al encargado por ningún sitio. Evidentemente no puedo saber lo que le ha ocurrido y mi imaginación no es capaz de ilustrarme con el espectáculo atroz que ha tenido lugar pocos metros más allá. Todavía aquella cosa que se abalanzara sobre el desdichado se está alimentando de su cuerpo, produciendo ruidos escalofriantes cuando desgarra la carne con la fuerza de unos dientes purulentos. Pero yo ni lo veo ni lo oigo. Por esa razón, algo angustiado ante la inesperada tarea de que podría yo ejercer como encargado esta mañana, saco un café lo más rápido posible y con el corazón en un puño me dirijo a la garita del encargado. Pronto voy a descubrir los dedos humanos que hay junto al ordenador…

 

Mientras me acerco grito a pleno pulmón el nombre de la persona de mantenimiento que debería haber puesto en marcha la maquinaria, pero mi voz se pierde entre los contenedores de piezas por pintar. No puedo saberlo, pero mis gritos han obligado a la cosa que se está alimentando de mi encargado a levantar la cabeza y sus ojos, cargados de un color ávido de carne humana, brillan en la oscuridad. Su boca está completamente manchada de sangre y algunos jirones de carne cuelgan de sus dientes. Para mi desgracia, aquél ser se incorpora y abandona el cuerpo del encargado para buscar una nueva presa viva. En este caso yo soy esa presa y sigo estando al margen de todo lo que sucede. Si antes de salir de casa hubiera puesto la radio o la televisión…

Lo estaban advirtiendo en todos los canales: Los muertos se habían levantado de sus tumbas y estaban asolando las grandes ciudades. Sucedía en todo el mundo y, naturalmente, aquí también. Y aquello era contagioso, muy contagioso…

Inmerso en la más absoluta ignorancia, sin percatarme de que una sombra errante y encorvada que arrastraba los pies se dirigía hacia mí oculto en la oscuridad, llego hasta la garita del encargado. Busco de nuevo el parte y no lo encuentro. Fuerzo la cerradura del pequeño armario (no sé por qué nunca me han hecho una copia) y saco guantes para mis compañeros, hojas de parte y la pequeña calculadora. Abro el cajón y sonrío al descubrir algunas chucherías a las que, si puedo, les daré su merecido a lo largo de la mañana.

Encuentro el número de teléfono del jefe de producción y dudo unos instantes pero al ver que la hora se acerca intento llamar. No hay línea.

Frustrado y rabioso, levanto la cabeza y veo, a varios metros de distancia, más concretamente debajo del horno, una figura regordeta que me observa en el más absoluto silencio. Doy un golpe en la mesa y levanto la mano para saludar a mi compañero de mantenimiento, pero él ni se inmuta. Salgo de la garita y comienzo a gritarle.

-¡Antonio! ¿Qué está pasando? ¿Por qué está todo apagado? ¿Hay problemas?

¡Qué idiota! Claro que había problemas, pero no eran problemas técnicos sino problemas mundiales y de una envergadura que nadie podría explicar jamás. Sé que algo anda francamente mal a medida que me voy aproximando a mi compañero.

-¡Toño! ¿Estás tonto o qué?

Me mira con la cabeza ligeramente inclinada. Los pocos pelos que tiene forman los graciosos caracoles de siempre. Es un chico majo con el que me llevo bastante bien, un trabajador aplicado y competente (si escribiera otra cosa sé que usaría el palo de una

 

escoba no precisamente para golpearme en la cabeza, al menos no solo para eso) que apenas tiene cuello y la cabeza redonda como la de un pollito que se asoma tras romper el cascarón.

Veo algo extraño en sus ojos, algo maligno que me hace estremecer.

Pero no son sus ojos los que me asustan definitivamente.

Antonio, al verme tan cerca, levanta las manos y abre la boca. De ella emerge una lengua negra como la más completa y temible oscuridad y de su garganta brota un rugido escalofriante. Comienza a correr hacia mí y yo me asusto, como un niño que acaba de ver al monstruo salir del armario de su propia habitación, ese monstruo que la mamá asegura una y otra vez que no existe.

Sí.

Un chico duro como yo tiene miedo en este momento. Mucho, para ser más preciso.

No sé exactamente qué hacer y me quedo quieto como un imbécil. Cuando mi compañero llega hasta mí se detiene en seco y me observa unos instantes con una curiosidad atolondrada. Comprendo que se ha vuelto rematadamente loco pero no puedo imaginar que también está muerto.

Y que quiere morderme.

El muy cabrón lo hace inmediatamente.

Realizando un movimiento brusco logra clavarme su mandíbula en el antebrazo. Grito de dolor al notar sus incisivos atravesando la piel. Siento que mis tejidos se desgarran y mis piernas sucumben al temblor que origina el terror. Estoy a punto de caerme cuando por el rabillo del ojo advierto la presencia de una sombra que se avecina. No podía saberlo pero aquello es lo que ha acabado con la vida de mi encargado y ahora se aproxima lentamente hacia mí.

Lo reconozco y su nombre brota de mi boca.

-Fran…

Tiene el rostro acardenalado, su mirada perdida en el vacio de un ansia atroz e insaciable. De su boca aún gotea sangre y delante de mis propias narices arroja un trozo de carne humana que sale violentamente de su boca y se pega en el suelo tal cual escupitajo. Alza sus brazos hacia mí.

Sin quitar la vista de mi compañero Fran, propino una patada en la cabeza de Antonio, que sigue pegado a mí a través de sus dientes. La primera no le obliga a soltarme pero la cuarta por fin lo hace apartarse con un gruñido de animal. Los dos me miran como si fuera un suculento manjar y ya que Antonio me ha probado intuyo que

 

para él estoy rico y apetecible. No voy a morir sin luchar así que, como un guerrero de acero dispuesto a enfrentarse a la muerte por defender con uñas y dientes el amor por su doncella, convierto mis manos en férreos puños y tomo una posición de asalto. Abro la boca para mostrar mis pequeños dientes, como si fuera un perro de presa a punto de saltar sobre mis víctimas y flexiono las piernas. Los miro a los dos, directamente a los ojos.

Entonces me lo pienso mejor y me doy la vuelta. Corro como un cobarde que usa las piernas con la única y justificada intención de salvar el pellejo y me refugio en la garita del encargado. No ha sido una apuesta muy inteligente, sobre todo porque la puerta no tiene cerrojo y los cristales son bastante frágiles, por no decir que el cristal de la puerta está roto, que eso ya lo sabíamos desde el principio, ¿verdad? Si cuando uno es idiota no tiene remedio. ¿Alguien podría dudar que la estructura de esta garita es lo más frágil que hay en todo el taller? El lobo feroz soplaría y soplaría para echarla abajo pero los tres cerditos, sin duda más espabilados que yo, nunca se habrían escondido aquí.

Cojo el teléfono de nuevo e intento mantener conversación con alguien que pueda mandar ayuda, no sé, a la policía, a exterminadores, al ejército incluso, pero el maldito tono del teléfono es intermitente. Maldigo furioso y cuando levanto la mirada me encuentro con los rostros deformados de mis antiguos compañeros, que frotan sus lenguas negras sobre el cristal. Aunque aquellas cosas se parecen a Fran y Antonio, su comportamiento me resulta de zopencos. Pero sé que jamás podré olvidar aquellos ojos. Me siento como un ratón enjaulado, como un animal en el zoo observado por visitantes engreídos que han pagado una entrada porque se creen una raza superior. Afortunadamente, al menos en estos momentos, ellos también son idiotas, de lo contrario se les habría ocurrido meter sus brazos por el hueco del cristal roto y tratar de asirme con violencia. A veces el hambre no deja pensar con coherencia. Y Fran y Antonio están dispuestos a comerme sin condimento alguno. Lo noto en sus terribles miradas, en la saliva que cae de sus labios…

Fran, con la boca entreabierta, me señaló algo. Creo que quiere que mire hacia el ordenador. Lo hago.

¡Dios!

Es entonces cuando veo los trozos de dedos humanos. Fran levanta su mano para enseñarme que aquellos dedos le pertenecen. Me indica con la mano que me los lleve a la boca.

¡Y un cuerno!

 

Antonio, cansado de lamer el cristal cambia la expresión apática de su rostro y me lanza una mirada cargada de violencia. Golpea el cristal con un puño y su brazo lo atraviesa. Abre la mano y me coge del chaleco. Ha puesto su manaza de dedos gruesos como gusanos gigantes en el bolsillo donde llevo los bolígrafos y me los arrebata con un gesto rudo. El muy idiota los mira ensimismado, se los lleva a la boca y los muerde, como si fueran un agradable aperitivo.

Fran arremete con la cabeza en la otra ventana y logra romper de inmediato el cristal. Se ha provocado varios cortes en la cara y el cuello pero la sangre no mana de sus heridas.

Yo siento tanto dolor en mi brazo, herido por el mordisco de Antonio, que voy notando que la oscuridad va tomando posesión de mi mente. Poco a poco me desvanezco y caigo al suelo, completamente desfallecido.

Cuando despierto lo hago con la melodía de una vieja canción de heavy metal. Son las cuatro menos diez de la mañana. Apago el móvil y me incorporo con la idea de vestirme y, sin desayunar, acudir al trabajo, como todos los días. Recordando el sueño que he tenido, empapado aún de sudor y con una desagradable sensación, permanezco unos minutos en silencio, con la luz aún apagada. Sonrío al descubrir la mala jugarreta que me ha hecho pasar mi fértil imaginación y me siento ridículo, aunque sonrío ante la posibilidad de escribir este sueño como si de un relato corto se tratase.

Me visto y me dirijo al garaje, donde aguarda mi pequeña scooter. Llueve horrores. Hay tormenta.

Como en mi sueño.

Me pongo el traje de agua y parto hacia el taller.

Cuando llego todo está normal. Las turbinas rugen orgullosas y arrogantes, los desengrases escupen su furia y las luces están completamente encendidas, todas, incluso las innecesarias. Veo a Fran que va de un lado a otro y me saluda con una leve inclinación de cabeza. Me fijo en sus manos. Las tiene completas y me rio.

El encargado camina con sus pantalones cortos por mitad del taller y su característica camiseta de camuflaje; lleva la bolsa del bocadillo en una mano y las hojas del parte en la otra. Se nota por la expresión que deforma su rostro que está cabreado. Habrá detectado algún fallo en las hojas, algo a lo que el pobre no acaba por acostumbrarse. Ninguna sombra se ha abalanzado sobre él. Nadie le ha desgarrado la garganta. Está vivito y coleando. Me alegro. Es un buen tipo.

 

Las fichas están todas en su sitio, paso la mía por el reloj y subo a cambiarme. Desde las escaleras veo a Antonio deambulando de un lado a otro con el mp3 puesto y cantando las últimas canciones de Operación Triunfo a pleno pulmón, con una voz desagradable que hiere los oídos. ¿No se atreve nadie a decirle que sus cuerdas vocales no son capaces de ejecutar las melodías de manera digna? Destroza las canciones con una facilidad que exaspera, como si arrojara exabruptos con cada sílaba.

Al llegar a los vestuarios pongo el móvil en el suelo y suena una canción. Nadie grita al otro lado del taller. Todo es normal.

Completamente normal.

Sin embargo, hay algo que no he dicho.

Aquella mañana, al despertar después de la pesadilla, noté dolor en mi brazo y al mirarlo vi la señal de un profundo mordisco. Ignoro cómo se llegó a producir. Nunca le he contado nada a nadie pero desde ese día, Fran, Antonio y yo nos miramos con cierta complicidad, como si los tres fuéramos portadores de un secreto inconfesable que nadie más debería conocer.

Y los tres observamos a nuestros compañeros de trabajo de otro modo, como si no fuera tan descabellado intentar alimentarnos de ellos.

Bien pensando tampoco tiene por qué ser tan desagradable. Un pequeño mordisco no le haría mal a nadie, ¿O sí? No pedimos más, un simple mordisquisto, para que la sangre resbale por nuestras secas gargantas y, a ser posible, un pequeño trozo de carne humana. Es una idea que últimamente ha germinado en mi cabeza, no sé, quizá una noche de éstas hable abiertamente con Fran y Antonio. En el fondo tengo la impresión de que están esperando que me acerque a ellos y les haga una propuesta asquerosamente repugnante.

Será cuestión de ir preparando el momento adecuado para aprovechar la oportunidad que se nos presenta.

Quizá a ellos no les guste la carne humana cruda, pero para eso tenemos un horno lo suficientemente grande como para asar a toda la plantilla.

Tú también puedes apuntarte al banquete, tienes la opción de convertirte en uno de nosotros o formar parte del menú. ¿A que la decisión no resulta tan difícil?

 

 

 

 
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