Naufragos del Tiempo

 

Como si se trataran de ejemplos extraídos de manuales de la nueva
física, textos de antigüedad milenaria mencionan ciertos aspectos de la relatividad del tiempo.
 
 
 
Curvaturas temporales
 
      La idea de que el tiempo no es algo universal y absoluto, y que puede en cambio dilatarse o encogerse a causa del movimiento, todavía hoy resulta chocante para el sentido común de muchas personas. Sin embargo, les guste o no, un buen número de experimentos han demostrado fehacientemente que tales curvaturas temporales son reales y, por tanto, que la teoría de Einstein no tiene fallo alguno. De modo que es posible afirmar, sin la menor duda, que a altísimas velocidades el tiempo transcurre más lentamente.
 
      En tal sentido, por ejemplo, en el Centro de Investigación Nuclear CERN, cerca de Ginebra, se han realizado durante años repetidas comprobaciones de la dilatación del tiempo trabajando con partículas subatómicas conocidas como miones, las cuales son el resultado del choque de partículas cósmicas de radiación, que tienen la misma carga eléctrica que los electrones (negativa) pero pesan doscientas veces más que éstos y su periodo de existencia no supera un microsegundo, es decir una millonésima de segundo. El experimento en sí ha consistido en hacer girar a estos miones en un sofisticado acelerador de partículas a una velocidad cercana a la de la luz, obteniéndose como resultado que tales miones hubieron recorrido finalmente un camino cincuenta veces más largo de lo que duraría su “vida”. Asimismo, quizá menos complejo pero no por ello menos efectivo, otro experimento, llevado a cabo en los años setenta por físicos dependientes del U.S. Naval Observatory , registró una dilatación del tiempo mediante la utilización de relojes atómicos de absoluta precisión . En efecto, colocando uno de los relojes a bordo de un Boeing 707 y conservando el similar en el laboratorio se le ordenó a continuación al piloto realizar dos vuelos alrededor del mundo, el primero en el sentido de las agujas del reloj y el otro en sentido opuesto. Hecho esto, se comprobó que el reloj del avión, que había volado a una velocidad de 900 kilómetros por hora (bastante lejana por cierto a la de la luz) arrojaba una diferencia, en menos, de 59 a 273 nanosegundos (un nanosegundo es igual a mil millonésimas de segundo) respecto del reloj que había permanecido quieto en el laboratorio.
 
      Así las cosas, a menudo los autores de libros y artículos de divulgación científica que procuran explicarle al lector profano cómo influyen ciertos aspectos del tiempo relativo sobre los seres humanos recurren a un muy conocido ejemplo de la nueva física llamado comúnmente “paradoja de los gemelos”, según el cual dos hermanos gemelos se despiden en su ciudad natal; uno de ellos es astronauta y emprende un viaje espacial mientras el otro permanece en casa. Transcurrido algún tiempo, el gemelo astronauta regresa de su viaje en cohete de alta velocidad y decide visitar a su hermano, comprobando entonces que éste se ha convertido en un anciano mientras él, decenios más joven, luce ahora igual que el día de su partida.
 
      Emblemático y desde luego ilustrativo, la paradoja de la diferencia de edad, que por lo demás no sólo conmovió los ánimos a principios del siglo XX sino que todavía hoy es blanco del ataque de muchos legos, encierra, bien mirado, otro buen punto a considerar, esto es: al hablar de que la edad biológica de un astronauta se alarga en circunstancias de extrema aceleración, sería oportuno preguntarnos qué sensaciones experimenta el mismo durante su viaje. Pues bien, aunque la respuesta desilusione, lo cierto es que el astronauta no saca provecho alguno del fenómeno de dilatación temporal. Es más, ni siquiera lo nota. Para él el tiempo transcurre normalmente y sólo cobrará conciencia de las diferencias cronológicas cuando, una vez de regreso, le sea posible comparar lo acontecido.
 
 
Antiguas crónicas de un regreso al futuro
 
      Ahora bien, curiosamente, en 1901 , es decir cuatro años antes de que Albert Einstein sacudiera los cimientos de la física con su Relatividad , y por supuesto mucho antes de que a ninguno se le pasara por la cabeza la idea de un tiempo elástico como goma de mascar, un tal Karl Florenz publicó bajo el título de “Japanische mythologie” una compilación de antiguos textos japoneses de entre los cuales no puede menos que llamarnos la atención uno acerca de un personaje apodado el hijo de la isla, cuya historia es, palabras más o menos, como sigue: “En la comarca de Yosa hay un distrito que se llama Heki, y en dicho distrito un pueblo llamado Tsutsukaha, y entre los habitantes de este pueblo vivía un hombre al que llamaban “el hijo de la isla”. Este hombre era de bella prestancia y aspecto incomparablemente señorial. En tiempos del emperador que regía el imperio desde el palacio de Asakura, el “hijo de la isla” salió un día a pescar solo en su barca. Como no pudo atrapar ningún pez, se quedó dormido. De repente, despertó viendo a su lado a una joven de belleza indescriptible, y entonces, maravillado, le preguntó: ¿quién eres tú y cómo has llegado hasta aquí si las casas quedan muy lejos y la extensión del mar está desierta? Y ella, sonriente, le respondió: he venido a través de los aires…
 
-          “¿De dónde has venido a través de los aires?- quiso saber “el hijo de la isla”
-          “He venido del cielo. Olvida tus dudas, te lo ruego, y únete a mí por el amor – dijo la joven, y continuó – Me propongo estar a tu lado tanto tiempo como duren el cielo y la tierra. Si quieres creer en mis palabras, cierra los ojos un rato.”
 
      “Luego, pronto ambos llegaron a una misteriosa isla que estaba completamente cubierta de perlas. El “hijo de la isla” nunca antes había visto tanto resplandor. A continuación, él fue presentado al padre y a la madre de la bella joven, y ellos le explicaron la diferencia entre el mundo de los hombres y la residencia celestial. El “hijo de la isla” se casó con la muchacha del cielo, y sus fiestas fueron diez mil veces más espléndidas que las de los humanos.”
 
      “Pasaron algunos años, y el “hijo de la isla” empezó a sentir nostalgia de su país. Echaba de menos a sus padres, y empezó a menudear en quejas y tristezas”
 
    “Fue entonces cuando la joven, preocupada, le preguntó cuál era su deseo. Y él le respondió que le agradaría mucho poder visitar a sus ancianos padres. Después de la despedida, él embarcó, y ella le mandó que cerrara los ojos. Al abrirlos, de súbito él se encontró de nuevo en el poblado de Tsutsukaha, y se alegró por eso. Pero al momento siguiente, cuando observó mejor a su alrededor, notó que los habitantes y las casas habían cambiado mucho. No pudo de hecho reparar en nada que le permitiese encontrar la casa de los suyos. Entonces el “hijo de la isla” se dirigió a un aldeano: ¿dónde vive ahora la familia del “hijo de la isla”?- le interrogó.
 
-¿De dónde vienes tú que preguntas por una cosa tan antigua? – contestó el aldeano, y agregó -  Según he oído contar en las tradiciones de los ancianos, en tiempos muy remotos vivía aquí un hombre llamado “el hijo de la isla”, quien un día salió con su barca al mar y nunca regresó. De eso han pasado más de trescientos años. ¿Quién eres tú que preguntas tales cosas?
 
      “El “hijo de la isla” rompió a sollozar y desde entonces vivió sin reposo, como un vagabundo…”
 
      Romance al margen, algo parecido le tocó en suerte al profeta Isaías – autor del primero de los Libros Proféticos que integran el tercer gran grupo de libros sagrados del Antiguo Testamento - , conforme consta en el apócrifo titulado “Ascensión y visión de Isaías” – libro no incluido en el Canon, por supuesto, pero que, con mejor suerte que otros, ha sido conservado en las biblias etíopes desde el siglo II AD aproximadamente -, el cual empieza relatando cierta ocasión en que la fe del profeta se había visto quebrantada por las dudas acerca de la grandeza de su dios, y fue entonces arrebatado al cielo.
 
      Disipadas tales dudas, Isaías se lamentó luego al saber que sería devuelto a la Tierra, diciendo: “Pero, ¿por qué tan pronto?, he estado aquí sólo algunas horas”. A lo que un ángel le respondió: “no han sido sólo algunas horas, sino treinta y dos años”. De modo que, alarmado por el poco entusiasta porvenir que imaginaba, el profeta agregó: “¿por qué debo volver a mi carne vieja y a mis huesos viejos?”. Y el ángel contestó: “no estés triste; cuando vuelvas a tu pueblo no serás ningún viejo”.
 
      Seguramente, muy poco o nada habría significado para Isaías que le explicaran los fundamentos de la relatividad del tiempo. En cualquier caso, para él, ésta era otra prueba de la omnipotencia del Señor…
 
      De manera similar, en otro apócrifo, escrito por Baruc - secretario y discípulo del profeta Jeremías- , el cual es conocido como “Epílogo al libro del profeta Jeremías”, o bien, “II y III Libro de Baruc”, el fenómeno de la dilatación temporal ha sido una vez más registrado cuidadosamente. Y a propósito, será oportuno aclarar que tanto Jeremías como Baruc centraron su actividad en Jerusalén, en la época trágica que abarca desde la primera conquista por el ejército de Nabucodonosor, con la deportación del pueblo judío al cautiverio, hasta la destrucción total de la ciudad y el destierro definitivo en masa. En este marco, de acuerdo al relato, Jeremías, puesto en conocimiento por el Altísimo sobre el fatal desenlace que experimentaría Jerusalén, suplica a Dios que le conceda la gracia de poner a salvo a un joven amigo de nombre Abimelec, con quien tenía una enorme deuda de gratitud. El “Señor”, atendiendo el ruego del profeta, le ordena a éste que envíe a su amigo hacia el huerto de Agripa donde él se hará cargo de su seguridad. Obediente, Jeremías, hace llamar a su amigo y le dice: “Toma esta cesta y ve al huerto de Agripa por el sendero a través de las montañas y recoge algunos higos para repartirlos entre los enfermos de nuestro pueblo”.
 
      Sin demora, Abimelec emprendió camino por las montañas. Y ese mismo día, Jerusalén cayó en manos del enemigo sin que él lo supiera. Luego, cuando ajeno a todo había terminado de llenar su cesta de higos, un pesado cansancio lo embargó; y casi sin darse cuenta se quedó profundamente dormido. Sobresaltado, al rato se despertó temeroso del enojo de Jeremías quien seguramente, pensó, le reprendería por su tardanza. Y enseguida partió de regreso, cargando la canasta repleta de higos.
 
      Ya de vuelta en Jerusalén, Abimelec se sintió de pronto confundido. Todo estaba muy cambiado, al punto que no podía reconocer nada a su alrededor. De hecho, pensó que se había perdido y, desorientado como estaba, consultó a un anciano que a la sazón pasaba junto a él qué ciudad era esa. “Jerusalén” – respondió el hombre. Extrañado, y convencido de que se había equivocado tal vez de calle, Abimelec le interrogó sobre cómo localizar a Jeremías o Baruc. Y, de inmediato, el no menos sorprendido anciano le replicó: “¿Dices que conoces a Jeremías, y preguntas por él después de tanto tiempo? Hace muchos años que Jeremías fue llevado preso a Babilonia con los demás de nuestro pueblo.”
 
      Sin comprender nada de cuanto el anciano le decía, Abimelec dijo: “No puede ser, si ayer yo lo vi y me envió a cortar higos” – y mostrándole la cesta repleta agregó - : ¡Mira, convéncete tú mismo! ¡Prueba uno de estos higos, que aún están frescos! ”. Con estupor, al ver eso el anciano exclamó: “¡Hijo mío, en verdad tú debes de ser uno de los protegidos del Señor…hace sesenta y seis años que nuestro pueblo fue llevado cautivo a Babilonia! Para que veas que es verdad, mira este campo, apenas van a florecer las higueras en la comarca.” (…)
 
      Asimismo, algo semejante vivió el famoso griego Epímenedes en el siglo VII AC cuando, siendo todavía un niño, fue enviado por su padre en busca de un carnero, e intentando hallar refugio del intenso calor del mediodía entró en una cueva donde cayó en un profundo sueño. Y al despertar, ya de regreso en casa comprobó que su antes joven hermano se había convertido inexplicablemente en un anciano. Al parecer, su largo sueño había durado algo así como cincuenta y siete años…
 
      ¿Acaso podremos intentar buscar en este extraño acontecimiento la fuente de los conocimientos que le valieron su fama? Como fuere, los cretenses le dedicaron culto del mismo modo que si se tratara de un dios, y de hecho nadie les quitaba de la cabeza que Epímenedes había vivido trescientos años…
 
      En Irlanda, según nos cuenta Marcel Homet (“El ombligo del mundo, cuna de la humanidad”), una remota tradición relaciona el efecto de la dilatación del tiempo con la existencia de extraños “pájaros mitológicos”, del tipo de esos que abundan arraigados en las leyendas de casi todos los pueblos de la antigüedad, los cuales a juicio de muchos autores que adhieren a la hipótesis de los antiguos astronautaspodrían muy bien encajar con la descripción de algún portento tecnológico de visitantes exóticos. Leemos: “Este pájaro irlandés tenía tres cabezas. Sus compañeros eran otros pájaros, de color rojo fuego, y él lo destruía todo hasta que fue muerto a golpes por Armairgen. La gruta de donde salía junto con sus compañeros era considerada por los habitantes del país como “la puerta del infierno”. Era, según esto, la entrada al infierno con la que se junta una tradición legendaria muy extraña: el día primero de noviembre de cada año, durante la festividad del Samhein, tenían ciertos mortales el derecho a visitar el reino de los muertos y permanecer allí un día entero. A su regreso constataban, con espanto, que habían transcurrido varias décadas desde su partida, ¡mientras que ellos mismos habían envejecido solamente un día más!
 
 
Interrogantes inevitables
 
      Cuando una idea revolucionaria como la Teoría de la Relatividad origina el “ruido” que ésta provocó dentro del claustro académico, uno debe por fuerza concluir que, aparte de su validez incuestionable, es además de una originalidad tal que sólo una de esas excepcionales mentes brillantes como la de Einstein puede concebir. De hecho, tan sólo con preguntarnos cómo se le ocurrió significamos la diferencia entre lo ordinario y lo genial.
 
      La genialidad de Albert Einstein consistió primordialmente en poner en tela de juicio la aparente realidad a través de preguntas sutiles. Pero, ¿en qué términos debemos plantearnos el hecho de que el concepto de la dilatación del tiempo expuesto por Einstein fue anticipado por nuestros antepasados milenios antes del nacimiento del físico alemán?
 
      ¿Son acaso las historias del “hijo de la isla”, Isaías y las demás, reales o simples productos de la fantasía?
 
      ¿Quién lo sabe?
 
      “Lo real es estrecho, lo posible es inmenso”, decía Lamartine.
 
 
 
   
© César Reyes 1990/2009  – Todos los derechos reservados.
Prohibida su reproducción sin permiso expreso del autor.  
 
 
 
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