La era de la Serpiente Cosmica

 

Antiquísimos mitos y leyendas recuerdan a serpientes voladoras como seres benefactores y portadores de cultura.
 
 
 
      Estrechamente emparentadas con los dioses del hombre antiguo, las serpientes han
ocupado un lugar destacado como símbolos cósmicos. Pero, más allá de todo lo comprensible, no fueron veneradas por arrastrarse sobre la tierra sino por ¡volar por los cielos!
 
      Símbolos de la inmortalidad, de la creación y del Universo, estas divinidades han sido el común denominador de las más diferentes y alejadas culturas, que las han representado, casi con obstinación, surcando el espacio aéreo con extraordinario resplandor.
 
      Así, los naturales de la tierra de Arnhem (Nueva Guinea) cantan:Es la edad de la
serpiente, de la serpiente que fue antes del hombre, de la serpiente que fue hombre, de la serpiente que vuela en el cielo”.
 
      ¿Qué clase de serpiente es la que puede volar y transformarse en hombre?
 
      Indudablemente debe de ser la misma que veinte siglos antes de Cristo el sabio
Sanchoniaton describió en su magnífica “Historia Fenicia” como “una cosa luminosa que vaga en las nubes, retumbante y rápida como el relámpago”. Y no menos llamativo nos resulta el enterarnos también por Sanchoniathon acerca de las muy especiales características de lo que vendría a ser, en términos actuales, “la fuerza de propulsión” de tan extraño reptil: “...los fenicios y los egipcios han divinizado la especie de los dragones y de las serpientes como animales cuya respiración es más fuerte que todas las otras, diciendo que la especie en sí pertenece a la materia ígnea y que hay en ella una velocidad la cual no puede ser superada por nada a causa de su soplo. Imprime la velocidad que quiere a las hélices que describe en su marcha.
 
      Por supuesto, cuesta imaginar a los herpetólogos poniéndose de acuerdo a la hora de contestar a cuál de todas las especies de la lista corresponde ésta que pertenece a la materia ígnea y vuela a la velocidad deseada impulsada por su insuperable aliento...
 
 
Una respuesta “ad hoc”
 
      No obstante, concienzudos arqueólogos han explicado el porqué la serpiente ha sido objeto de profunda veneración, anidando en consecuencia en los mitos remotos.
 
      Al parecer, todo se resume en el temor que los antiguos sentían de ser atacados por las especies venenosas que, además, simbolizaban su inmortalidad con cada muda de piel,
resurgiendo cada vez con renovado vigor.
 
      Sin duda, existen varias religiones que sustentan la obediencia y adoración de sus fieles sobre las bases del temor, por ejemplo, al castigo divino. Sin embargo, eso no quita que para este caso concreto se deban tener en cuenta aspectos tan fundamentales que suenan a verdad de perogrullo: a) las serpientes reptan; ¡no vuelan...!, ¡ahora y tampoco hace milenios! y b) con cambio de piel o no ¡las serpientes también mueren!
 
      De esto se desprende, sencillamente, que cualquiera sea el fundamento que se pretenda esgrimir, éste debe señalar hacia abajo, hacia el suelo, que es donde vive, se reproduce, muda de piel y puede atacar mortalmente el peligroso reptil.
 
      ¿Cómo explicamos entonces qué fue lo que impulsó a las antiguas civilizaciones a ubicar las serpientes en los cielos? ¿Cómo encajan las opiniones tradicionales con aquellas serpientes civilizadoras, benefactoras, llegadas del Cosmos?
 
 
 
Serpiente-Divinidad: ¿artefacto volante?
 
      Incontestablemente, no estamos hablando de ningún animal.
 
      Así nos lo confirma, en propias palabras, el gran sacerdote egipcio Epeis: “La primera y la más eminente divinidad es la serpiente con cabeza de gavilán, que cuando abre los ojos llena de luz toda la faz de la Tierra...”
 
      ¿Podría estar hablando Epeis de las potentes luces de una nave?
 
      ¿Absurdo?
 
      Como sea, los indicios que permiten sospechar una orientación tecnológica en tales
definiciones no parecer estar insuficientemente abonados. De hecho, en el capítulo CVIII del “Libro de los Muertos” egipcio podemos leer: “Extendida en el flanco de la montaña está
acostada la gran serpiente. Es larga de treinta varas, ancha de ocho. Su pecho está
adornado de sílex y placas centelleantes. Pero yo conozco el nombre de la Serpiente de la Montaña...Escuchadle: “La-que-vive-en-las-llamas”...”
 
      Y claro, de nuevo se nos hace difícil encontrar en los registros de herpetología cuándo existieron serpientes de 54 metros de largo por 15 de ancho (30 varas por ...sin contar desde luego que estén hechas de sílex y placas centelleantes y que vivan entre las llamas...
 
      Así las cosas, bien podemos pensar, por lo menos, que la constante reiteración de la
naturaleza ígnea de estos supuestos reptiles es tanto más que suficiente como para dudar de las interpretaciones ortodoxas. Al respecto, fue el recordado Peter Kolosimo (No es Terrestre) quien ha llamado la atención sobre una particularmente interesante leyenda amazónica que – en palabras del escritor italiano – “habla de un tal Elipas que, establecido en una colina en compañía de una serpiente, iba de un sitio a otro curando a los indígenas y “obrando extrañas magias de fuego y agua”. La cosa continuó hasta que los dioses locales, perjudicados por la competencia, trataron de quitarlo de en medio y enviaron contra él a los “hombres malvados del bosque”. Resultó un tremendo fracaso, ya que la serpiente se puso a escupir llamas,
incendiando el bosque, calcinando el terreno y poniendo en ebullición las aguas del río, después de lo cual Elipas dirigió un severo discursito a los supervivientes, anunciándoles que, desde aquel día en adelante, tendrían que pasar sin sus milagros. Acto seguido – prosigue Kolosimo – se marchó por los aires cabalgando la serpiente en medio de un vórtice de fuego.”
 
      Por su parte, Peter Krassa (“Hijos del Cielo. El misterio de la antigua China”) nos puso al tanto de una devastación parecida registrada en los mitos de los thai, que hacen referencia a la “bicéfala serpiente celeste Tien-she”, acerca de la cual leemos: La serpiente del cielo, lo oscureció en su recorrido, les era casi imposible respirar a los hombres. Lanzaba
 permanentemente un polvo blanco a la Tierra, que no sólo dificultaba la respiración, sino que causaba una incurable anemia que consumía las fuerzas de los hombres, hasta que morían miserablemente. El polvo de Tien-she marchitaba también todas las plantas y asfixiaba a los animales”.
 
      Y, es oportuno decirlo, este “muestreo comparativo”, que identifica una y otra vez las características propias de estos... ¿portentos tecnológicos?...se reitera prescindiendo de los distintos orígenes culturales.
 
      Así, Quetzalcóatl, aquel dios benefactor de los aztecas, simbolizado como “la Serpiente Emplumada”, encuentra su símil en la diosa Buto de Egipto.
 
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      En Australia escucharemos hablar de la “Serpiente del Arco Iris”, estrechamente ligada con aquellas enigmáticas pinturas rupestres pertenecientes al culto de los dioses Wandjina, cuya semejanza con la imagen de astronautas no ha pasado desapercibida.
 
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      En Asia, la cuestión no varía. Los hindúes afirman que serpientes llamadas “nagas” habitan en palacios subterráneos del Himalaya. La leyenda dice que estos “nagas” están dotados de grandes poderes e inteligencia, siendo capaces de volar por el espacio y que sus palacios subterráneos, iluminados por resplandecientes piedras, esconden maravillosos tesoros que estos dioses custodian celosamente.
 
      Para Andrew Tomas (“En las orillas de los mundos infinitos”): “Lo que esta leyenda de la India puede significar es la existencia de una base cósmica construida por seres de un mundo muy distinto al nuestro que crearon refugios artificiales apropiados a sus organismos”. Y
prosigue: “¿Por qué se les considera sabias a las serpientes que mencionan los libros
sagrados? A decir verdad, los experimentos hechos con serpientes han demostrado que éstas no son en absoluto inteligentes. El calificativo de serpiente sabia pudiera ser, simplemente, una
interpretación alegórica de seres cósmicos, los cuales, después de llegar en “serpientes” o “dragones” por los espacios celestiales, decidieron vivir bajo la tierra en hondas catacumbas, a manera de serpientes.”
 
      Pudiendo coincidir o no con la interpretación de Tomas, el tema referido a la “sabiduría de las serpientes”, sumado a las otras notablemente extrañas características ya señaladas,
permite, al menos, sospechar la presencia de visitantes exóticos...
 
      El “Libro de Dzyan”, descubierto hace poco más de un siglo en el sur del Tíbet, es categórico cuando dice: “Las serpientes que descendían enseñaban e instruían” (Estancia 12:49)
 
 
Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada
 
      La leyenda de Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada, encierra, por lo visto, la confirmación de aquella estancia del Libro de Dzyan.
 
      Es dable destacar aquí, antes de abocarnos al análisis de ciertas particularidades de este dios-serpiente-hombre, que los más conservadores historiadores, quienes ni en sueños
apoyarían la hipótesis de los antiguos astronautas, se han manifestado partidarios de la realidad histórica de Quetzalcóatl. Es decir, de su existencia concreta, tangible.
 
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      Así pues, Fray Bernardino de Sahagún escribió en su “Historia general de las cosas de Nueva España”: “En esta ciudad (de Tollan) reinó muchos años un rey llamado Quetzalcóatl...Fue extremado en las virtudes morales...”. Por su lado, Laurette Séjourné (“Pensamiento y Religión en el México Antiguo”) dice: “De acuerdo con los datos que conservamos, la realidad histórica de Quetzalcóatl parecería estar fuera de duda, ya que se mencionan innumerables veces sus cualidades de jefe”. Para H.J. Spinden (“New Light on Quetzalcoatl”) este dios fundador de la cultura nahuatl es “la más grande figura en la antigua historia del Nuevo Mundo, con un código de ética y amor por las ciencias y las artes”.
 
      Resulta razonable entender entonces que siendo éste un personaje histórico, todo aquello que lo involucre debería caber dentro del mismo marco de referencia. Con lo cual, ¿no sería plausible indagar lo relativo a la “Serpiente Emplumada” como parte de una realidad mal
interpretada como mero simbolismo?
 
      Desde luego, se comprende que los arqueólogos más conservadores - ante un personaje como Quetzalcóatl, que incluso dentro del contexto histórico no ha escapado de la dualidad hombre-serpiente emplumada - hayan optado por el obsoleto criterio de traducir el concepto de mito como fábula o ficción. Sin embargo, será oportuno señalar que bien mirada a la luz de la hipótesis de los antiguos astronautas, la identidad de este dios-rey que sacó a México de la ignorancia no parecería ya tan oscura.
 
      De hecho, según consta, Quetzalcóatl es tanto el hombre blanco y barbudo vestido de larga túnica así como cada una de las cabezas de serpientes que adornan los templos a él dedicados en Chichen Itzá y Teotihuacan. Del mismo modo que es ese hombre que, por ejemplo, en el Códice Vaticano A-6 asoma de entre las fauces de la serpiente voladora como dios creador...
 
      ¿Pero es acaso eso posible?
 
      ¿Será así porque, en efecto, los testigos de sus “atributos celestiales” no supieron ni
 pudieron, claro, separar al hombre de la máquina, una igual o semejante a aquellas que por su forma aerodinámica fueron tenidas por serpientes voladoras en otros rincones del mundo, tal y como vimos?
 
      Para responder, le servirá al lector saber que a Quetzalcóatl se lo ha representado a
menudo luciendo un extraño aditamento bucal, con forma de hocico alargado, conocido como “máscara de aire”. Dicha máscara es a primera vista identificable en los dibujos de, por ejemplo, los Códices Magliabecchi o Borgia. Asimismo, en el museo de Toluca, México, una estatuilla del dios indica que esta máscara podía quitarse fácilmente. Como quiera que este aditamento, por su nombre mismo, “máscara de aire”, resulte suficientemente sospechoso como para ser
comparado con algún medio auxiliar de respiración que bien podría utilizar algún hipotético visitante espacial, no dejará de ser un dato también de importancia saber que toda vez que Quetzalcóatl es representado “en el cielo” no lleva dicha máscara, y sí en cambio la utiliza “en tierra”.
 
 
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 En idéntico sentido, es decir desde un punto de vista “tecnológico”, la partida de
Quetzalcóatl narrada en los “Anales de Cuauhtitlan” tampoco ha escapado a la comparación con el despegue de una nave espacial. Citamos textualmente: “Se dice que...habiendo llegado a la orilla celeste del agua divina, (Quetzalcóatl) se paró, lloró, cogió sus arreos, aderezó su insignia de plumas y su máscara verde...Luego que se atavió, él mismo se prendió fuego y se quemó... Se dice que cuando ardió, al punto se encumbraron sus cenizas, y que aparecieron al verlas todas las aves preciosas que se remontan y visitan el cielo...Al acabarse sus cenizas, al momento vieron encumbrarse el corazón de Quetzalcóatl. Según sabían, fue al cielo y entró en el cielo. Decían los viejos que se convirtió en la estrella que al alba sale; así como dicen que apareció cuando murió Quetzalcóatl, a quien por eso nombraban el Señor del alba...”.
 
 
Las “serpientes” de Nazca y Paracas
 
      Poco antes tuvimos oportunidad de conocer, en palabras de Andrew Tomas, lo referente a la existencia de las serpientes naga en las leyendas de la India. Por lo tanto, descontamos que el lector encontrará atractivo todo cuanto nos dice ahora la reputada arqueóloga Simone
Waisbard (“Las Pistas de Nazca”): “Una frase de Frederic Engel tuvo eco en los pensamientos que me agitaban irresistiblemente a la vista de los famosos mantos de Paracas, una vez que lo
discutimos juntos: Los tejidos de Paracas II, con sus demonios que vomitan, son unas obras
 maestras del arte simbólico. Pero, precisó, esos hombrecillos voladores tan fascinantes son nazcas.
 
      ¿Nazcas voladores? ¿Y qué vomitan? Extravagantes serpientes naja...
 
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      No existen ni han existido nunca en el Perú, pero se las encuentra en la India, con el nombre de Naga. Una coincidencia fonética más sin duda, pero no hay mucha diferencia entre nazca y naga...
 
      Además de estas equivalencias fonéticas – continúa más adelante Waisbard – lo que llamó mi atención fue que los hombres voladores de Paracas y Nazca evolucionan entre una multitud de serpientes de grandes anteojos. Se trata como si los dibujantes y bordadores hubiesen exagerado de una manera voluntaria sus formas. Mucho antes que yo, el arqueólogo Eduardo Seler observó que, entre los nazcas y los paracas, cuando los seres míticos toman aspecto humano, poseen un elemento adicional que adquirirá un considerable desarrollo. Precisamente, subraya, en las imágenes en que el cuerpo humano está en actitud de volar. Es la serpiente dentada lo que se destaca. Me siento tentada a decir – agrega Waisbard – que el personaje flota por los aires, sostenido por estas serpientes...”
 
      Más allá de la extraordinaria asociación entre la India y el Perú, lo cual nos pone a pensar que no deberíamos cambiar de pluma alegremente al escribir la historia de pueblos
aparentemente sin nexo, las palabras de una reconocida arqueóloga como Simone Waisbard, quien ha dedicado más de quince años de su vida al estudio de las líneas de Nazca, permiten suponer la necesidad de encarar un estudio de tan enigmática zona desde una óptica diferente.
 
      Mucha tinta se ha vertido ya – ni hace falta decirlo – discutiendo sobre lo que son o no los geoglifos de la pampa de Nazca. De modo que podemos por caso aceptar la opinión de la recordada pionera María Reiche, basada en los estudios previos de Paul Kosok, de que se trata de un gigantesco mapa del cielo, o bien suponer, como Erich von Däniken, que hubo allí pistas de aterrizaje...Pero lo cierto e indiscutible es que tales figuras sólo son comprensibles vistas desde el cielo, de manera que la lógica nos lleva a conjeturar que fue ése y no otro el objetivo de quienes las idearon.
 
      Según las dataciones llevadas a cabo sobre tejidos y cerámicas de las culturas de Nazca y Paracas, éstas corresponden a la antigüedad de los geoglifos. En consecuencia, ¿cómo
debemos interpretar las representaciones de los “hombres voladores”? 
 
      Simone Waisbard nos dice: ¡Hombres voladores! Ya ha quedado lanzada una idea loca, una palabra demencial...” Y agrega a continuación: “¿Por qué ese espectáculo de seres
enmascarados, sobrecargados de adornos suntuosos, que blanden armas o cetros indefinibles, con casco o encuadrados por serpientes dentadas?”
 
      Quizá la respuesta nos la pueda dar la hipótesis de los antiguos astronautas, apelando a otro interrogante que los arqueólogos más tradicionalistas ni siquiera han considerado lo
suficiente. Nos referimos a la gigantesca figura llamada “parihuana”, por aquel grácil flamenco que habita la bahía de Paracas.
 
      ¿Un ave? ¡No, en absoluto!...Más bien, ¡una enorme serpiente-emplumada!
 
      Y de hecho renunciamos al crédito por tal afirmación, pues no fue sino la misma Simone Waisbard quien sostuvo: “Proyectado como una flecha o distendido como un resorte, a imagen de la serpiente-voladora de las antiguas leyendas preamericanas, con un cuerpo reducido al mínimo (apenas la tercera parte del geoglifo), en relación con el conjunto, el más insólito de los huéspedes de la pajarera de las pampas, mide en total cerca de 280 metros...”
 
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      Pero agreguemos todavía otro detalle significativo...
 
      Los estudios de María Reiche, una pionera indiscutible en Nazca, permitieron establecer que la cabeza de la “parihuana”, que Waisbard menciona como “pájaro-serpiente”, apunta con precisión hacia la salida del Sol, tras las altas cumbres andinas, en la época del solsticio de invierno. Lo cual se convierte en algo aún más interesante cuando se recuerda que
precisamente en el solsticio de invierno, el 24 de junio, los incas celebraban el Inti Raymi (fiesta que todavía hoy se revive anualmente con todo su fantástico espectáculo folklórico), donde se rendía homenaje a Apu Inti, la deidad principal y creadora del imperio incaico. Nada menos...
 
      ¿Simple coincidencia?
 
      Si es así, a estas alturas, y casi sin darnos cuenta, esas múltiples “coincidencias” nos
sobrepasan...
  
 
 
       
 
© César Reyes 1986/2009 – Todos los derechos reservados.    
Prohibida su reproducción sin permiso expreso del autor.
 
 
 
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